viernes, 25 de abril de 2003

La guerra que no debió ocurrir

Las humaredas y cenizas de la guerra absurda apenas están asentándose, y el mundo no termina de salir de su pasmo. Irak fue devastado en aras de cumplir con las exigencias de una geopolítica que no acepta más hegemonía que la de los Estados Unidos. Los vastos yacimientos petroleros del desierto persa están ahora en manos de la única potencia que sobrevivió a la guerra fría, y con ello ha garantizado su abasto para los próximos cuarenta años. Irak se suma al grueso inventario de naciones que han perdido su soberanía más elemental y que ahora garantizan la “reserva estratégica” de recursos energéticos para el imperio sin límites.
El enorme sufrimiento humano que acompañó a esta hecatombe no puede ser justificado por los discursos belicistas de Bush el chico, el halcón Rumsfeld y la exfuncionaria petrolera Codoleeza Rice, ni por sus acólitos Blair, Aznar y Berlusconi. No sabremos nunca con certeza la cantidad real de muertos, heridos y lisiados que dejó como secuela la irracionalidad, pero estoy seguro de que las miles de bombas de todo tipo que se jactó de haber arrojado el comando “aliado” –díganme: ¿cuál alianza? sobre el suelo iraquí, deben reflejarse con seguridad en miles de masacrados sin sentido. ¿Fueron tres mil, como calcula el comando aliado? ¿Cinco mil según organizaciones humanitarias? Nunca lo sabremos a ciencia cierta: la propaganda del caído Saddam siempre minimizó las bajas y lo mismo hizo su contraparte norteamericana.
La barbarie impera en el arranque del siglo XXI. Percibo negros nubarrones que parecen anunciar malos tiempos. Me da tristeza, por mis hijos, observar cómo se impuso la voluntad del más fuerte sobre cualquier intento de ejercer la racionalidad. De nada valieron la política y la diplomacia, herramientas básicas de la convivencia civilizada. La ONU fue avasallada, los inspectores de armas fueron desatendidos y vilipendiados, las naciones que optaron por la paz fueron amenazadas y chantajeadas, los miles o millones de manifestantes que exigieron a gritos detener la guerra fueron ignorados, encarcelados y vapuleados. Nada sirvió para detener a la arbitrariedad y la ley del revólver. El cowboy texano de mirada bizca aplastó a una de las naciones que más ha aportado a la forja de la cultura humana. Fue un ataque a la vida, pero también a la civilización, que debió padecer la devastación y el saqueo de miles de evidencias del nacimiento de nuestra esencia como seres humanos. Gran parte de nuestra herencia cultural, legada por Mesopotamia, por Sumeria, por Asiria, por Nínive con sus bibliotecas , por Persia, por el ilustrado Islam, se ha perdido para siempre, y lo ha hecho rodeada por los gritos del dolor, de la agonía de seres humanos inocentes, que pagan la factura por el hambre de petróleo que atraviesan los poderes imperiales.
Además de las vidas humanas perdidas se extraviaron para siempre decenas de miles de reliquias e íconos culturales que fueron robados de los museos de Irak. Todo ello para el placer de los millonarios traficantes de arte antiguo, la mayor parte de los cuales, por casualidad, se encuentran en Londres y Nueva York. Irak fue la tierra donde nació la agricultura, donde se estableció la primera ciudad, donde se inventó la escritura, donde vivieron sabios que nos legaron desde la astrología hasta el calendario que nos rige; también nuestro sistema de medición del tiempo por medio de horas, minutos y segundos; nuestra costumbre de contar por docenas; el ajedrez moderno… etcétera y más etcétera.
Pero todo esto poco cuenta cuando las botas y las bombas se imponen sobre el raciocinio y la compasión, valores que un dizque cristiano como Bush debería honrar.
La humanidad debe estar de luto. Yo lo estoy. Malos tiempos se aproximan.