miércoles, 23 de julio de 2003

El agua va

Apenas cumplimos un mes desde el arribo de las primeras lluvias al territorio guanajuatense, y ya padecimos los avatares y desastres que acompañan a este tipo de fenómenos cuando no existe una cultura de la previsión ante los riesgos meteorológicos. Es impresionante cómo los años pasan y la experiencia no parece acumularse entre nosotros. Con gran facilidad las autoridades de todos los niveles se ven rebasadas y ponen en evidencia su pasmo ante la fuerza de la naturaleza; dejan pasar las horas y los días iniciales sin atinar en el despliegue de maniobras pertinentes que ayuden a paliar el dolor y la desesperación de miles de guanajuatenses, que vieron cómo el patrimonio acumulado en una vida de trabajo desaparece o se daña irremediablemente como consecuencia de las inundaciones y sus posteriores anegamientos.
Me resulta difícil aceptar que este tipo de desastres no pueda ser previsto. Es claro que desde hace muchos años existe la tecnología para evaluar riesgos, particularmente los relacionados con las avenidas del agua. Nuestros así llamados ríos son más bien lechos secos o encharcados la mayor parte del año, y carecen con frecuencia de contenedores naturales o artificiales de sus cauces. La planicie abajeña complica aún más las cosas, pues facilita que las avenidas acuáticas, cuando se dan, no respeten esas vías fluviales que en buena parte son insinuaciones o remedos de cauces, ya que en muchos tramos su trayectoria no se delimita con claridad, y más bien serpentea entre campos de cultivo que tienen poca o nula altura con relación al lecho por donde debe circular el agua, cuando la hay. Y todo esto se complica cuando la gente toma la decisión imprudente de asentarse o colocar instalaciones en las inmediaciones o de plano en los lechos de los ríos y arroyos, poniéndose voluntariamente en situación de riesgo. Recordemos la famosa Ley de Murphy: “lo que puede pasar, pasará”.
El colmo de la imprevisión se evidenció cuando se dio inicio al trasvase de la Presa Solís, pues era claro que dicho proceso coincidiría con la temporada de lluvias, que este año se vio precedida de una oleada de calor que rompió récords regionales y nacionales. Sospecho que alguna autoridad relacionada con el agua supuso que esto anunciaba un año de sequía, y que por ello el trasvase no implicaba ningún riesgo. Pero no fue así. Por lógica, el trasvase debió haberse dado en temporada de invierno, para evitar cualquier riesgo y además minimizar las pérdidas por evaporación. Pero al parecer los debates políticos y las negociaciones con la federación y el estado de Jalisco retrasaron esta decisión, que debió tomarse con base en criterios técnicos y no políticos.
Aunque no soy un experto en la materia, sí creo tener alguna calificación para opinar ya que he participado en algunos trabajos como consultor de la Comisión Nacional del Agua en el ámbito social. Por esto me atrevo a sugerir a las autoridades que se tomen algunas medidas, y me permito enunciarlas: 1) que impulsen un estudio a profundidad sobre el historial y consecuencias de las precipitaciones en nuestro estado; 2) que evalúen la situación real de los cauces con su ponderación topográfica y geológica; 3) que refuercen las acciones de reordenamiento territorial para movilizar a las poblaciones asentadas sobre los lechos o en zonas de riesgo; 4) que se evalúe la situación real de presas, bordos y retenes para tomar medidas de prevención; 5) que se tracen y precisen los cauces naturales de ríos y arroyos, redefiniéndolos si es necesario y reforzando sus márgenes con base en las máximas avenidas históricas; 6) que se reorganice el sistema estatal y municipal de protección civil, que evidenció sus limitaciones y su escasa capacidad de reacción ante los siniestros; 7) que se refuerce el fondo estatal para desastres, que se instituyan los municipales y que se acuerde con las autoridades federales mecanismos más ágiles para la disposición de los recursos del Fonden; 8) impulsar y apoyar la cultura del aseguramiento; 9) actualizar y divulgar el Atlas Estatal de Riesgos desglosado por municipio, y 10) que se vigorice la educación para la prevención en los niveles básico y medio del sistema educativo estatal.
Es claro que ninguna medida de prevención aislada tendrá la capacidad de evitar o paliar nuevas calamidades, pero en cambio todo un sistema de prevención que disponga de recursos suficientes y a tiempo, apoyado en una cultura ciudadana formada en la prevención, y con una capacidad probada de respuesta, sí puede amortiguar e incluso evitar las consecuencias de los imponderables naturales. Ya es urgente que acumulemos experiencia y cambiemos nuestra actitud desde la acción hacia la proacción. Recordemos que todos podemos ser víctimas eventuales de las calamidades, y debemos prepararnos en consecuencia.

miércoles, 16 de julio de 2003

¿Elecciones con mensaje?

La culminación de cualquier proceso electoral obliga siempre a los balances y a la reflexión acerca del mensaje que los ciudadanos han enviado a través de la emisión de su voto. Este ejercicio recurrente de la democracia brinda excelentes oportunidades a los analistas para ensayar explicaciones, interpretaciones y en ocasiones pontificar sobre los contenidos simbólicos que ellos alcanzan a detectar en la reconfiguración de las cifras que lograron los partidos y sus candidatos. Es cierto que con mucha frecuencia se extraen conclusiones aceleradas e incluso interesadas, que más se asemejan a la cartomancia y a lectura del Tarot que a un ejercicio serio de interpretación politológica; pero sin duda esto también es inevitable y forma parte de las realidades de la política práctica.
Los diferentes momentos electorales nacionales y estatales ha recibido lecturas diferentes según el clima político imperante en el momento. Por ejemplo, cuando en 1994 se habló del así llamado “voto del miedo”, la referencia clara era hacia el alzamiento zapatista y los asesinatos intestinos dentro de la élite política hegemónica. El ciudadano común reaccionó ante estos asomos de violencia con el uso masivo del poder del voto. Los mexicanos pacíficos inundaron las urnas y rompieron el récord de la participación con un histórico 76% de votantes que con su actitud participativa enviaron un claro mensaje de rechazo a la revuelta armada y al asesinato como recurso político. Nunca como entonces se puso en evidencia la utilidad que plantea la democracia como recurso efectivo ante la irracionalidad de la violencia y los gérmenes de la guerra civil, que asomaron la nariz y nos llenaron de aprensión. Por eso yo concuerdo con la conclusión de que el “voto del miedo” sirvió para insuflarle nueva legitimidad a un régimen que ya evidenciaba agotamiento.
En el 2000 experimentamos un nuevo fenómeno, ahora el del “voto del cambio”, que posibilitó la alternancia en la presidencia de la República y la renovación de los aires ya viciados de la política nacional. Pero la avalancha de votos a favor del cambio, que sumaron casi dos tercios de los sufragios emitidos, esto sumando las cantidades recibidas por todos los candidatos distintos al del PRI, trasmitió el claro mensaje de que la mayoría de los mexicanos apoyaban alternativas diferentes a la del oficialismo tricolor. Luego, de los votos opositores, Vicente Fox encabezó la más grande de las minorías, lo que le permitió hacerse del triunfo con sólo un 42% de los votos, suficientes dentro de un sistema de mayoría relativa.
También entonces la participación ciudadana fue destacada. Un 64% de los electores expresaron su opinión mediante el voto. También es claro que la posibilidad de concretar el cambio nos movió a muchos a acudir a urnas.
¿Cuál es el mensaje que los nuevos resultados electorales trasmiten? Podemos ensayar muchas interpretaciones, pero yo sólo quiero expresar la mía propia, que se sustenta en una apreciación personal de la evolución de los escenarios nacionales de la política. Creo yo que en esta ocasión los votantes enriquecieron sus posibilidades de apoyo a alternativas partidarias muy variadas. Las mayorías no se dejaron seducir por el sonsonete que se prodigó desde el nuevo partido oficial, para supuestamente “quitarle el freno al cambio”, y más bien se optó por agregarle contrapesos al ejecutivo federal, sin darle la mayoría absoluta a nadie, y obligar así a los actores de la política a realmente ejercerla y ponerse a trabajar en la construcción de consensos. El desempeño del gobierno federal sigue causando desasosiegos ante la carencia de líneas claras en la emisión de políticas públicas. Las reformas urgentes en ámbitos de tan enorme trascendencia como el fiscal, del sector eléctrico, del sistema de seguridad social, la reforma del Estado, etcétera, siguen esperando en el limbo de la incapacidad política. Y la nueva conformación de la cámara de diputados federal no facilitará las cosas.
Pero cuidado, con el nuevo mapa político que surgió como resultado de la elección del 6 de julio pasado el votante no está comunicando un deseo aparente de que nunca se llegue a acuerdos y de que el presidente Fox se vea maniatado en su búsqueda de concretar reformas. Más bien se debe interpretar como un llamado de atención para todos los actores de la política. En cierto sentido, la nueva situación representa el fin del llamado “cheque en blanco” que la nueva élite gobernante quiso encontrar en los resultados del 2000, pero también es un jalón de orejas para el resto de los partidos; por ejemplo el PRI, incluso con su alianza con el partido verde, logró 9.33 millones de votos, cuando en el 2000 había obtenido 13.7 millones. El PRD recibió 4.5 millones, cuando en la elección anterior había logrado 7 millones –aunque con la suma de los otros cuatro partidos de la Alianza por México. La Alianza por el Cambio había recibido 14.2 millones, y el PAN ahora cosechó 7.8 millones. Es decir, que en este proceso todos perdieron votos, no hubo espaldarazo para nadie, ni tampoco fue clara la existencia del voto de castigo. Más bien encontramos la confirmación de que México no es patrimonio de ningún partido ni de ningún personaje, y que la pluralidad junto con la tolerancia deben comenzar a aceptarse como los vehículos privilegiados para la construcción de acuerdos y la garantía de la gobernabilidad. De esta forma, terminaremos con las soberbias, los mesianismos y los autoritarismos, que tanto daño nos han hecho y que continúan amenazándonos desde las profundidades de los partidos y los gobiernos.