viernes, 25 de febrero de 2005

Votar desde el exterior, I

El 22 de febrero pasado la Cámara de Diputados de la federación aprobó el dictamen de las comisiones unidas de Gobernación y la de Población, Fronteras y Asuntos Migratorios, referente a las reformas necesarias en el Cofipe para concretar la posibilidad de que los ciudadanos mexicanos en el extranjero puedan emitir su voto por el Presidente de la República desde los lugares de su residencia. Esta medida, largamente esperada por las organizaciones de los paisanos en el exterior, aterriza la reforma constitucional de noviembre de 1996, cuando se suprimió de la fracción III del artículo 36 la obligación de que el voto ciudadano fuese emitido únicamente desde el distrito electoral que le correspondiera. Esto abrió la posibilidad de dicho voto también pudiese ser emitido desde el exterior del país.
Desde entonces los debates sobre este tema han coloreado la relación del Estado mexicano con las comunidades mexicanas en el extranjero. La demanda de derecho al sufragio sin importar el lugar de emisión se fundaba en el hecho de que 60 países reconocen el voto extraterritorial, y México seguía negándose a aceptar dicha posibilidad, a pesar –o a lo mejor a causa de contar con más del 10% del total de su población viviendo fuera del territorio nacional. Los temores y las desconfianzas campearon entre los partidos políticos, que no supieron en un principio cómo leer esta demanda. Se temía, por ejemplo, que los paisanos de afuera canalizaran su resentimiento contra el sistema que no fue capaz de ofrecerles oportunidades locales, y que entonces ese caudal de votos potenciales se volcaran a favor de alguna de las oposiciones de entonces –PAN o PRD . Otros actores políticos o académicos se negaron enfáticamente a esta posibilidad, poniendo en duda la lealtad que podrían conservar ciudadanos que se han alejado voluntariamente de sus comunidades originales y su problemática.
El debate primario involucró incluso a la secretaría de Gobernación, que en tiempos de Labastida llegó a afirmar que concretar el voto desde el exterior le costaría al país alrededor de mil millones de dólares. Ante esta situación, el Congreso demandó al IFE elaborar un estudio de viabilidad operativa y financiera de una medida como esta. En 1998 se formó una comisión de especialistas –académicos sobre todo que llegó a la conclusión de que esta posibilidad era factible, y desplegó seis modalidades alternas con 22 derivaciones que variaban en instrumentos, costo y cobertura. Se proponía aprovechar la situación de que el 99% de los mexicanos en el exterior residen en los Estados Unidos, y que en 33 condados, pertenecientes a siete estados, se concentra el 75 por ciento de la población mexicana. Es decir, que el operativo debería aprovechar en su favor esta concentración, para llegar efectivamente al mayor número de paisanos.
Sin embargo la ley electoral mexicana es clara, y prescribe que la autoridad debe garantizar la igualdad de oportunidades para emitir el voto. Esto planteaba el gran problema de enfrentar el hecho de que hoy día hay mexicanos en los 50 estados de la unión americana, y que en muchos otros países existen concentraciones pequeñas que no podrían ser dejadas a un lado. Ningún otro país del mundo tiene una población tan amplia de sus connacionales habitando en un país vecino, como el nuestro. Ya es un lugar común afirmar que la ciudad con más mexicanos en el mundo, después de la ciudad de México, es Los Ángeles, y no que quedan muy atrás Chicago, Dallas y muchas otras.
A pesar de las conclusiones de la comisión de especialistas, la necesaria reforma al Cofipe no se concretó para las elecciones del 2000 –lo que era esperable pero tampoco para las del 2003. Y hasta hace unos días muchos creíamos que tampoco se podría hacer valer para el 2006. Parecía que todos los actores políticos, incluyendo al nuevo presidente de la República, encontraban muy atractivo manejar la bandera del voto desde el exterior, pero que al momento de llegar a los hechos se fingía hacer algo –como presentar una desangelada iniciativa ante la Cámara para luego dejar pasar el tiempo y dejar a otros la papa caliente. Eso sucedió con la iniciativa que envió a la carrera el presidente Fox el 15 de junio del año pasado, a la víspera de un viaje a los Estados Unidos donde de seguro recibiría nuevamente recriminaciones de parte de los paisanos, que insistían en recordarle una más de sus promesas de campaña que descansaban en el limbo de la buena voluntad. Se unió a otras diez iniciativas que descansaban en la congeladora legislativa. Y seguiremos deshojando esta margarita el próximo viernes…

viernes, 18 de febrero de 2005

Candidatos ¿ciudadanos?

A 17 meses de la próxima realización de elecciones federales y presidenciales, las aguas políticas están tan agitadas que a diario estamos siendo bombardeados por novedades sin cuento. Los precandidatos son ya legión, y se acompañan de una diarrea de declaraciones. Que aquél ya se destapó, que éste lo volvió a negar, que fulano pide que lo den por muerto, que zutano exige la renuncia de mengano para que no aproveche las ventajas del balconeo oficial, que perengano prefiere dejarla para una mejor ocasión futura, en fin… Los únicos que abierta y activamente están trabajando sus aspiraciones son los así llamados “candidatos ciudadanos” –como si el resto no lo fuera : el arrogante Jorge Castañeda y el trivial doctor Simi, Víctor González Torres. Los personajes llaman la atención por sus características personales tan peculiares: el primero es un académico aristócrata, miembro de una de las mejores familias de la política exterior mexicana, criado en ambientes sofisticados donde mamó el inglés y el francés. El segundo no es sofisticado, pero es representante fiel de la clase empresarial rústica, atolondrada y lenguaraz, esa segunda generación que logró expandir el negocio paterno y por ello está convencida de que el éxito económico es signo indudable de capacidad de liderazgo social.
Los dos critican a los partidos políticos, una diatriba facilota que se ha convertido en el deporte nacional a partir de la irrupción de la democracia efectiva. Han aprovechado los defectos indudables de esas instituciones para plantear la necesidad de que se reconozca el valor de las llamadas “candidaturas ciudadanas” como la forma más auténtica de traducir las expectativas políticas de la población general. Se pretende que un ciudadano destacado –supongo que en cualquier área de actividad puede ser un vehículo más fiel de las demandas de sus congéneres. Y esto en el discurso actual suena muy bien, ya que de alguna manera todos –y todas diría Fox nos proyectamos en ellos y quisiéramos un día vernos en las mamparas de la política sin tener que transitar por la talacha ingrata de la militancia partidista. ¿Para qué construir instituciones partidarias, para qué emprender la dura “brega de eternidad” de la educación cívica –Gómez Morín dixit , si se puede tomar el conveniente atajo de la candidatura ciudadana? Los únicos requisitos parecen ser el tener cierta celebridad y proyección social, y por supuesto contar con cuates y contactos dispuestos a soltar el billete para la financiación de una aventura nunca barata. O bien ser asquerosamente rico, y autofinanciarse la campaña. De ahí el siguiente paso es levantar encuestas entre los clientes de uno mismo, o bien recorrer el país para “sondear” el grado de aceptación de “nuestra” oferta. Evidentemente los resultados serán abrumadoramente favorables a “nuestro” perfil y nos diremos dispuestos a sacrificar nuestro tiempo –que de ser egoístas podríamos estar aprovechando mejor en los negocios o en la academia en pos de un proyecto de nación “ciudadano”.
Los independientes podremos levantar la voz y abrirles los ojos a la gente –a esos otros ciudadanos enajenados por los partidos para hacerles entender: “el país es tuyo, güey, tómalo”. El mesianismo en esas palabras da escalofríos. Debemos esperar a recibir el mensaje del ciudadano iluminado, impoluto, ajeno a la corrupción que se ha apoderado del templo, casa de su padre. Los candidatos ciudadanos nos sugieren que el trabajo político en las corporaciones partidistas es deshonesto por definición, ya que fomentan el intermediarismo y el clientelismo. Es evidente que hay mucho de razón en esta afirmación, pero ¿es mejor la vía que ellos nos proponen? ¿Ganaremos mucho abriendo la puerta a la posibilidad de registro directo de ciudadanos a las candidaturas? A mí me parece que sólo se estaría abriendo una caja de Pandora, que pondrá la competencia política en manos de personajes petulantes que no tendrán compromiso alguno con principios ideológicos o programáticos, sino únicamente con los que los hayan financiado o consecuentado –y en esto los medios de comunicación podrían jugar un papel muy peligroso: ¿qué tal si mañana se le ocurre a Azcárraga Jean que él sería un espléndido presidente, a la manera de Berlusconi?
¿De veras nos gustaría ver a las Simi chicas a cargo de las secretarías de Estado? Y es que los candidatos ciudadanos con relación a los surgidos de procesos partidistas, “son lo mismo, pero más barato”. Y lo barato sale caro.

sábado, 12 de febrero de 2005


Luis en su cubiculo 2001 Posted by Hello

Los atractivos de lo prohibido

Ya es común leer o escuchar la opinión de que el combate al narcotráfico está siendo perdido por el Estado mexicano. Sus instituciones, incluso la presidencia de la República, están siendo infiltradas y socavadas por personajes oscuros, a sueldo de los mafiosos. Yo me atrevo a suscribir esa opinión, pues en efecto percibo que se está perdiendo la batalla contra el tráfico de sustancias prohibidas. Y esa derrota anunciada se evidencia en la enormidad de recursos, bien lavados, que circulan sin problemas en muchas regiones y sectores económicos del país, que hoy día sobreviven gracias a dos fuentes principales de divisas: los narcodólares y los migradólares. Michoacán es un ejemplo claro de lo anterior. 2 mil 200 millones de dólares entraron a esa entidad el año pasado por concepto de remesas de los michoacanos en el exterior, según publicó Jonathan Heath en Reforma este jueves. Guanajuato, Jalisco y Zacatecas recibieron a su vez más de mil millones cada uno. ¿Pero cuántos millones adicionales habrán entrado a circular en las economías regionales a partir del narcotráfico? En todos esos estados –aunque bastante menos en Guanajuato¬ es voz popular que se trafica, y mucho, con enervantes.
El poder económico de los capos es enorme. Su prestigio social también lo es. Son vistos como benefactores de sus comunidades y sus familias. Sus nóminas incluyen no solamente a sicarios y matones; también a legiones de abogados, ingenieros, arquitectos, contadores y demás profesionistas que los defienden, los asesoran, les construyen sus palacetes, les llevan sus cuentas y los conectan con los políticos encumbrados. La corrupción va de la mano del tráfico de drogas ilegales, y se convierte en un cáncer que terminará afectando a todo el cuerpo social. Y desgraciadamente la estrategia de combatirlos con los recursos represores de la ley sólo ha conducido a la misma corrupción de los cuerpos de seguridad que deberían aplicar los correctivos. Pronto los veremos financiando partidos y campañas políticas.
Es claro que así no estamos yendo a ninguna parte. La estrategia, tarde o temprano, tendrá que cambiar, y se deberá aceptar el hecho de que esta podredumbre debe combatirse desde su raíz, y no solamente con las pomadas tópicas que hemos acostumbrado hasta ahora. Podríamos meter a la cárcel, incluso ejecutar a todos los narcotraficantes del país, y en poco tiempo tendremos centenares más que cubrirán las ausencias. No se puede ir en contra de las leyes del mercado, diría Adam Smith, y las consecuencias las seguiremos pagando con violencia social, corrupción y desprestigio de las instituciones.
Hay necesidad de un amplio debate nacional e internacional sobre este tema. La experiencia histórica nos indica que prohibir el uso o el consumo de algún artículo incrementa su demanda y lo convierte en objeto de tráfico ilegal. Los únicos ganones serán los delincuentes, no la sociedad. Se podría comenzar legalizando la producción, distribución y consumo de la marihuana, sometiéndola a las mismas restricciones legales a que responden el alcohol y el tabaco. Al principio habría un incremento en su consumo, evidentemente, pero estoy seguro de que al paso del tiempo se estabilizará, limitándose a las comunidades que de todas formas hoy día ya la consumen. Pero este tipo de pasos deben darse a nivel internacional, para evitar que se convierta en un elemento de discordia y de un nuevo contrabando semilegal.
En nuestras sociedades ya circulan legalmente y con profusión otras drogas y estupefacientes, como el tabaco y el alcohol. Pero no por ello la sociedad se ha transformado en una colección de adictos. Existen los que abusan en su consumo, y padecen por lo mismo problemas sociales y de salud. Pero se han desarrollado estrategias y una nueva cultura que ayuda a la moderación a nivel individual y a tratar los problemas de los excesos. Por ejemplo, el tabaquismo está en pleno retroceso a nivel mundial. Los fumadores sabe que están “out” en términos sociales y los pobres se sienten cada vez más como proscritos y discriminados. A los alcohólicos les sucede algo similar, y la bebida ha dejado de verse como un elemento socializador y un hábito normal. Es decir que la cultura del consumo de estos enervantes ha cambiado, y se adivina una tendencia futura hacia el autocontrol reforzado por la presión social, lo que es mucho más efectivo que la prohibición. Algo así deberíamos hacer con respecto a las drogas blandas y duras que hoy día están proscritas. Pero temo que me digan ¿de cuál fumaste?

viernes, 4 de febrero de 2005

Pensando en el Papa

El Papa Juan Pablo II cayó nuevamente enfermo esta semana. Cada decaída en su salud renueva las inquietudes acerca de su sucesión y las eventuales consecuencias para la política internacional y el equilibrio de los poderes mundiales. También da motivo para la reflexión acerca de la trascendencia de su tránsito vaticano y su legado a la humanidad del siglo XXI.
Primero, hay que reconocer que el pontífice ha jugado, en sus casi 27 años de apostolado, un papel radicalmente diferente al que sus antecesores se habían atrevido a ejercitar. En los tiempos recientes, tal vez sólo Juan XXIII haya tenido una proyección comparable sobre el mundo de la cristiandad, aunque este, el llamado “papa bueno”, lo hizo desde la óptica de los más pobres y desamparados, y buscó transformar a la iglesia actualizándola y poniéndola a tono con un mundo moderno y demandante. Su legado más trascendente fue el concilio Vaticano II, de tanta trascendencia.
En contraste, Juan Pablo II no será recordado por sus medidas modernizantes ni por haberse atrevido a vincular a la iglesia con la causa de los más pobres. Más bien se le ubicará como el apóstol de los cambios mundiales que desterraron el autoritarismo socialista pero a su vez arraigaron las injusticias del mundo capitalista. Nadie puede negar que el mundo sea más libre hoy que hace 27 años, pero también es más injusto, con una pobreza endémica que hunde sus garras sobre los pueblos del tercer mundo, incluso los católicos. Juan Pablo II contribuyó sustancialmente a la construcción de la felicidad espiritual de su grey, y reubicó a la iglesia católica dentro del concierto de los poderes mundiales. Pero también la alejó de la original aspiración cristiana hacia el igualitarismo, el solidarismo y la búsqueda de la verdad, lo que exigiría el abandono de cualquier compromiso con los poderosos y los opulentos.
El Papa enfermo recibe hoy las oraciones y el amor de millones de católicos y no católicos del mundo. Se atrevió a salir del Vaticano y regar su mensaje por todo el mundo. Acercó a la fe católica con el resto de las religiones mayores, en un ejercicio ecuménico que no se había visto antes. Pidió perdón a los judíos, y reconoció las grandes injusticias históricas de la iglesia católica.
Nunca como hoy el Vaticano es un poder terrenal. El papado se ha convertido en un factor trascendente dentro de la política mundial. Eso lo tuvieron muy claro todos los presidentes norteamericanos que sin excepción han confirmado una clara alianza con el Estado más pequeño del planeta. Ya nadie recuerda la marginación política en la que se desenvolvió Pablo VI, o las escandalosas crisis financieras que envolvieron a la banca papal, o los silencios vergonzantes de Pío XII ante los nazis. Hoy día, el Estado Vaticano es respetado y considerado por el resto de los poderes terrenales, y su voz se escucha con atención y deferencia.
Juan Pablo II ha sido un artesano del porvenir. Encontró un mundo profundamente dividido, inmerso en las luchas soterradas de la guerra fría y el peligro de la hecatombe atómica. Cuando culmine su tránsito terrenal habrá heredado a su sucesor a una humanidad tal vez no más feliz ni justa, pero sí menos azotada por los terrores de la paranoia ideológica. No podemos decir que el planeta sea hoy más seguro de habitar, sobre todo para los más pobres, pero sí se puede afirmar que sus conflictos han cambiado de carácter y de intensidad, pues han migrado desde los espacios globales y hemisféricos hacia los regionales y étnicos. Y no sería justo debatirle al papado su enorme contribución a este nuevo entendimiento universal, pues el militantismo del Papa enfermo contribuyó enormemente a corroer los cimientos, ya endebles, de los fundamentalismos socialistas.
Muchos hubiéramos querido ver de parte de este Papa peregrino una postura mejor definida, o incluso un cambio de la misma, en cuestiones polémicas como la de la atención a la pobreza extrema, el control del crecimiento demográfico, la participación femenina en el sacerdocio, la redefinición de la familia, e incluso sobre la revisión de la liturgia, los rituales, partes de la doctrina y el panteón santoral, lo que podría actualizar las formas de la fe a los fondos de la misma. Prácticamente un nuevo aggionamento.
Pero para ello habrá que esperar por el advenimiento de otro Papa bueno.