viernes, 29 de julio de 2005

De regreso

Luego de un año de ausencia, finalmente un servidor y su familia regresamos a la querencia guanajuatense, a fin de reintegrarnos a la vida académica, social y política de “esta tierra bendita que me vio nacer y donde vi la luz primera”, como cantaba el humilde poeta de Chamacuero al festejar su arraigo. Sin duda hubo mucho de gozo en este retorno, que decidimos hacerlo por tierra, atravesando toda la península de Baja California, tomar el transbordador marítimo de La Paz a Topolobampo, y continuar recorriendo sin prisas y con mucho interés los tres mil kilómetros que representó nuestra travesía.
Ocho días completos nos tomó el viaje, que nos permitió transitar por varias de las regiones más agrestes de nuestro país. Tres días nos tomó atravesar el desierto bajacaliforniano, que sin duda es una de las formaciones naturales más espectaculares con que cuenta nuestro país, tanto que recientemente la UNESCO acaba de integrar a la reserva del Vizcaíno y los desiertos centrales de la península a la lista del patrimonio natural mundial. Nunca imaginé que un páramo desértico pudiera acumular tanta belleza como la que vimos en Cataviñá, donde pasamos la noche. Nada se compara a las luces, texturas, presencias, ausencias y sonidos de un desierto que a veces se antoja alienígena. Presenciamos una de las puestas de sol más increíbles de nuestras vidas. Y la noche… qué decir de una noche misteriosa, sólo interrumpida por el lejano bramar de los generadores eléctricos, que alimentan al único hotel del desierto central. Sólo un detalle lastimó nuestro goce: el darnos cuenta del desprecio que despliega el hombre hacia su entorno, evidente en los miles de graffitis que ofenden las rocas monumentales, muchos de ellos con fines pueriles y comerciales, compenetrados en el ser pétreo gracias a la maravilla de la química moderna, que garantiza la presencia de esos horrendos glifos por los siguientes mil años. Luego se añade la basura, permanente, omnipresente y agresiva: llantas, bolsas plásticas, latas, envolturas, garrafones de plástico y demás parafernalia de nuestra civilización decadente. Lastimamos así el producto de millones de años de evolución trabajosa, y condenamos a nuestros descendientes a recibir un planeta baldado y enfermo.
Por fortuna, la grandiosidad del territorio todavía permite ignorar la ofensa humana. Pudimos continuar pasmados ante los monumentos naturales del Vizcaíno, admirar sus montañas encrespadas ¡el volcán Las Vírgenes! , sus cañones y bajíos profundísimos, las violentas subidas y bajadas a través de una carretera en buen estado, paisajes que cambian cada veintena de kilómetros, animales que cruzan la carretera como un suspiro, y personas fantasmales que habitan en un territorio que parece extraído de las crónicas marcianas de Ray Bradbury. Todo ello aderezado con temperaturas de entre 35 y 40 grados Celsius. Hasta que uno casi cae literalmente en el mar de Cortés, al llegar a Santa Rosalía.
Por esto los oasis como San Ignacio, Mulegé o Loreto son tan llamativos a la vista: explosiones de vegetación rodeadas o bordeadas por la secazón desolada. La inmensidad azul de los mares Pacífico y de Cortés, que recorta los ocres y areniscos de la tierra firme atravesada de evidencias geológicas de su antigüedad milenaria, inclusive de presencia humana arcaica, que nos heredó la riqueza abstracta de las pinturas rupestres y los petroglifos. No pudimos desviarnos hacia alguno de los puntos geográficos con este arte milenario, pues ello representaba una nueva excursión en sí, pero pudimos testimoniarlos gracias a documentales que habíamos disfrutado en la televisión bajacaliforniana.
El arribo a La Paz, hermosísima ciudad que pude disfrutar nuevamente gracias a la hospitalidad de buenos amigos por allá –un saludo a Marina Garmendia, vocal ejecutiva del IFE en esas tierras , fue una justa y plácida culminación del recorrido peninsular. Un par de días de playas en Pichilingue y de ahí al ferry hacia el continente, con Topolobampo como punto de desembarco. Otro par de días en un Mazatlán pletórico de turistas y el sábado pasado decidimos liquidar los 820 kilómetros que restaban para llegar a Guanajuato en un solo día. Por fin en casa. Gracias a la familia y a los amigos por su bienvenida. Retomaremos ahora el hilo guanajuateño de este diario de campo.

viernes, 15 de julio de 2005

Precandidatos mediados

Cada seis años, México despliega uno de los procesos electorales presidenciales más largos y complejos del mundo. Ahora, por ejemplo, a un año de que se celebren esos comicios, los ciudadanos de este país ya estamos siendo atosigados por costosísimas precampañas que se subsidian con recursos públicos y privados extraídos de oscuras fuentes. Los medios electrónicos e impresos hacen su agosto a costillas de los bolsillos empobrecidos de los mexicanos, y son los primeros en azuzar las habladurías y los embustes alrededor de los actores de esta comedia. Se juega una especie de “big brother” VIP (Varios Ingenuos al Pendiente) con los aspirantes, a quienes en nuestro morbo no les perdonamos nada: que si ya se rasuró la barba güera, que si ya trastabilló, que si ya se tiñó el pelo, que si ya tomó clases de dicción, que si ya le bajó al tono, que si ya desapareció de los medios al alejarse del puesto, que si ya renunció a la precandidatura emberrinchado por los favoritismos, etcétera. Es un auténtico circo que nos entretiene y nos hace olvidar lo realmente importante: el debate sobre el futuro que queremos para este país.
Cuauhtémoc Cárdenas, por ejemplo, se retira de la contienda y se declara poseedor de la última reserva ética de su partido. ¿Será cierto esto? O sólo es una rabieta de alguien demasiado acostumbrado a no recibir oposición dentro de un partido al que considera suyo (suyo, suyo). Otro, Pancho Barrio, también tira el arpa y se aleja doliéndose de favoritismos presidenciales, pero él mismo, primero como contralor federal y luego como coordinador de los diputados panistas, hizo un pobre papel que fue causa de pena ajena entre propios y extraños. Tenemos así una política de rabietas a todo lo que da. Y luego, entre los priístas, causa sorpresa la flaqueza de la gallada y la total ausencia de ideas entre sus precandidatos. Ni modo: la televisión abarata cualquier destello de inteligencia y lo que nos quieren vender son las “ganas” que tienen estos señores de “hacer país”, de estar con las “mayorías honestas”, de invitar al “vámonos derecho” y demás jerigonza mercadotécnica.
¿Qué sucederá? Que los mexicanos no podremos discernir con claridad quién posee la mejor oferta programática, que confundiremos personalidad con apariencia, que valoraremos según lo “guapo” o “feo” del candidato (lástima que ni siquiera haya alguna guapa precandidata que alegre la vista), que olvidaremos pasados personales o partidistas a favor del “hoy hoy”, y que nunca averiguaremos quién posee las cualidades de negociación y de altura de miras que nos permitan tener a un estadista en la presidencia.
Hay dos cosas que urgen para componer la dañada política en este país: una es la reforma del Estado, que nuevamente se ha dejado para mejor ocasión; otra es una nueva reforma electoral que nos permita mantener el control sobre los procesos precomiciales. Dentro de esta última habría necesidad de acotar fuertemente las precampañas tanto en tiempo como en dineros. Urge estudiar modelos como el español y el francés, que prohíben la propaganda televisiva. Yo propondría que las campañas se limiten a un máximo de tres meses, y las precampañas a uno o dos meses, concentrando éstas en el frente interno de los partidos. Los candidatos deberían ser obligados a presentarse en debates televisivos o radiales organizados por la autoridad electoral, con equidad para todos. También debe combatirse, o incluso prohibirse, la propaganda invasiva de espacios urbanos o rurales, y en esto podríamos imitar el modelo norteamericano o el colombiano. Y sobre los actos de apoyo, en un entorno mediático como el nuestro son absurdas ya las concentraciones humanas, donde no se convence a nadie sino que sólo se ventanea la oratoria farragosa de los líderes. Mejor hay que favorecer el encuentro de los aspirantes con sectores específicos de la sociedad, en espacios donde sí sea posible el intercambio de ideas que obligue a aterrizarlas y a asumir compromisos o acuerdos.
La democracia no debe abaratar sus recursos. No debemos caer en la mediocracia simplista que abra la puerta a la imposición del poder del dinero o a la demagogia populista. Ambos extremos son igual de perniciosos. No me gustaría ver en la presidencia a un aristócrata cargado de compromisos con los oligopolios, a un Mesías convencido de poseer la verdad única, ni a un astuto embaucador que prometa la vuelta a paraísos perdidos. Me gustaría, eso sí, ver a un líder visionario que se alce por encima de grupos y partidos para en efecto buscar los acuerdos mínimos que nos den viabilidad como país. A ver si por ahí nos brota alguno. Más nos vale.

viernes, 8 de julio de 2005

Visión desde la frontera norte: política

En la comunidad de analistas políticos se ha vuelto un lugar común la tesis de que la transición democrática mexicana fue un proceso que se gestó desde la periferia hacia el centro, desde los municipios hacia los estados y la federación. Pero también se acepta que no todas las periferias –las “provincias” si hacemos uso del lenguaje del centralismo— experimentaron los mismos ritmos y profundidades en ese proceso de cambio político. Si recordamos las elecciones chihuahuenses y duranguenses de 1983, cuando el PAN se hizo de sus capitales y de los municipios principales, o los avances del PDM en Aguascalientes y Guanajuato, los triunfos del PST en Ensenada y otros municipios norteños, y el avance panista en Baja California hasta la conquista de la gubernatura en 1989, podemos intuir que en el norte del país la velocidad del cambio era superior que en el resto de las regiones. Es decir, que en el ámbito político el norte del país ha mantenido un claro liderazgo nacional, tal vez producto de una cultura política más apegada a los valores ciudadanos individualistas y modernizantes, en contraste con la cultura del centro y sur del país, más bien tradicionalista, corporativa y conservadora.
Algo que me ha llamado la atención es que los liderazgos norteños se construyen más bien basados en el desempeño individual y el prestigio personal, gestados en ámbitos diferentes al político, particularmente en el empresarial. En el sur esos liderazgos tienden a ser más clientelares, basados en una tradición de intermediarismo entre la sociedad y el gobierno. Pienso en gentes como Ernesto Ruffo --a quien hace poco tuve la oportunidad de tratar--, quien se inició en la política en su natal Ensenada proveniente del ámbito privado-empresarial. Lo mismo sucedió con Pancho Barrio en Ciudad Juárez, o don Luis H. Alvarez en Chihuahua. Incluso en el PRI y el PRD son frecuentes los líderes que se forjaron primero en las lides de la empresa. En el centro todavía estamos acostumbrados a una clase política forjada en las entrañas de los partidos o proveniente de los movimientos sociales, es decir, en los “profesionales” de la política. Inclusive en el PAN existe este fuerte componente profesional, aunque la oleada de neopanistas que arribaron en los años ochenta alteró fuertemente este perfil.
Los espacios políticos de la frontera se han visto muy influidos desde hace décadas por la dinámica política del “otro lado”. El contraste entre el autoritarismo centralizador mexicano y el federalismo democrático de los Estados Unidos favoreció una actitud tempranamente crítica hacia el sistema político hegemónico priísta. No es raro entonces que los ciudadanos fronterizos mantengan una actitud desconfiada y escéptica ante las iniciativas que vienen del sur. Su sentido pragmático le lleva a favorecer las opciones políticas que convengan para un momento determinado, por lo que no se “casan” con las causas partidistas o ideológicas. En este sentido, el llamado “voto duro” de los partidos es sustancialmente menor en los municipios y entidades norteñas que en el resto del país. Eso explica que Chihuahua y Nuevo León ya hayan mudado en dos ocasiones de colores partidistas en sus gobiernos estatales, o que Ciudad Juárez y recientemente Tijuana se hayan desteñido de azul. Particularmente en este último caso llama la atención que el PRI haya podido hacerse de la victoria en las elecciones de agosto pasado con un candidato que representaba a la clase dinosáurica que supuestamente los norteños rechazaron en el pasado. Jorge Hank, a quien muchos quisimos ver como cargado de desprestigio, cosechó 15 años de trabajo social en las colonias populares tijuanenses, y basado en este clientelismo anacrónico se alzó con una clara victoria. Hoy es el precandidato priísta más fuerte a la gubernatura de Baja California. Y sin embargo esa fórmula no pudo funcionar en el Estado de México para su hermano Carlos, y el PRI mexiquense sí optó por la renovación generacional con los “bebesaurios”, que al parecer también saben jalar votos.
Parece ser que a los políticos norteños se les califica más por sus capacidades para resolver problemas concretos, y menos por sus banderías ideológicas. Por eso no es raro que el sentido de efectividad lo encontremos igual en el gobernador-empresario Eugenio Elorduy (PAN-BC) que en el académico-político Natividad González Parás (PRI-NL). Sus discursos pueden diferir, pero no así sus acciones de gobierno, que al final buscan el mismo resultado: el “bien común” o el “desarrollo social”, según sus respectivas terminologías.

viernes, 1 de julio de 2005

Visión desde la frontera norte: cultura

Como en cualquier espacio geográfico donde lindan sociedades con diferencias profundas, la frontera norte mexicana es un área de intensos intercambios e influencias culturales mutuas. La cultura “de frontera” siempre está sujeta a tensiones, a mutaciones cotidianas, a crisis de identidad y sin duda a cuestionamientos constantes sobre su ser (su ethos, dirían los antropólogos) y su devenir en un entorno globalizante que tiende a anular el sentido original de las fronteras nacionales.
Tijuana es el punto fronterizo con más tránsito en el mundo. Se calcula que por la garita de San Isidro se realizan 50 mil cruces vehiculares y 25 mil peatonales al día. A estos hay que añadir los cruces por la garita de la mesa de Otay, que rondan la cuarta parte de los números anteriores. Tan sólo con estos datos podemos imaginarnos la intensidad del intercambio económico, social y cultural dentro de una masa humana que abarca a los 1.3 millones de habitantes de Tijuana y a los 800 mil del condado de San Diego. Poco a poco se ha construido un área fronteriza que se diferencia por necesidad del resto de los territorios nacionales, particularmente en el ámbito cultural.
La ciudad de Tijuana padece de una mala fama internacional producto de sus orígenes históricos como espacio para la diversión y el jolgorio de la soldadesca gringa que en los años veinte y treinta del pasado siglo cruzaban la frontera en busca de evadir la prohibición del alcohol en su nación. Esa vocación ha variado poco, aunque ahora la clientela de los bares, burlesques y lupanares son los adolescentes que a su vez buscan evadir la interdicción norteamericana del consumo etílico a menores de 21 años. A pesar de esta vocación, Tijuana –y en general la frontera norte— está viviendo un florecimiento cultural muy evidente, que la está convirtiendo en un espacio cada vez más favorecido por músicos, pintores, literatos, actores y demás artistas, que con frecuencia la eligen incluso como hogar. El ambiente liberal y relajado, propio de las sociedades fronterizas, atrae mucho a los cultivadores de la sensibilidad, que se benefician por la ausencia o la debilidad de los cánones culturales que se imponen en las sociedades tradicionalistas del centro y sur del país. No es raro que en Tijuana florezca el Rock y el Jazz, de los más alternativos que se pueda uno imaginar, así como el teatro experimental, la literatura “de frontera” –en todos los sentidos—, las artes visuales –fotografía y cine, sobre todo el de bajos recursos técnicos— y el muralismo callejero, que incluso aprovecha los espacios del “muro” fronterizo, la oprobiosa “línea”, que se adorna con centenares de cruces de madera que representan a los migrantes muertos en su intento de cruce. Las tragedias de la migración alimentan la imaginación del artista.
Cuando en octubre de 1982 la señora Romano de López Portillo inauguró el espacio que hoy se denomina Centro Cultural Tijuana (CECUT), para albergar el efímero Programa Cultural de las Fronteras, lo hizo como una estrategia del Estado mexicano para reforzar los lazos de identidad cultural que deben unir al país con sus regiones fronterizas. Se partía de la convicción centralista de que la cultura “mexicana” es aquella que se gesta en la entraña del país, y no en sus periferias. Afortunadamente este magnífico ateneo –diseñado por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez-- fue rescatado pronto para ser aprovechado por las instituciones culturales locales, que reorientaron su quehacer hacia la promoción de la cultura regional, que hoy con frecuencia se identifica con la “californidad”. Esta reivindicación de lo local sobre lo nacional no fue en demérito de la identidad mexicana, sino solamente el reconocimiento de que esa mexicanidad se sustenta en la heterogeneidad, no en la uniformidad. La frontera no busca separarse del cuerpo de la nación; sólo desea definirse a sí misma haciendo uso de los símbolos culturales que se han generado a partir de la convivencia cotidiana con la “otredad”.
La actividad cultural es intensa en esta ciudad de mala fama. Son frecuentes los festivales culturales –como el de otoño-- y las ferias del libro --como la reciente de carácter internacional que se desarrolló en el antiguo Jai Alai. También hay cine clubes, numerosas exposiciones temporales, el Multiforo del ICBC, algunos cafés literarios, una escuela de música, dos casas de la cultura, tres estaciones de radio culturales, así como bibliotecas públicas en las seis delegaciones. La infraestructura cultural no es escasa, pero lo más importante es que sí se usa y sí existe una oferta artística local, que le permite a esta frontera dialogar de tú a tú con la cultura nacional.