viernes, 26 de agosto de 2005

La danza de la pobreza

Al acercarse el ocaso de cada ejercicio presidencial mexicano --dicen que ya no son “presidencia imperial”, sino republicanísimo ejercicio del poder ejecutivo--, es común que los sufridos mexicanos nos veamos bombardeados por machacones mensajes donde se nos devela de qué manera el país ha logrado nuevos estadios en el avance hacia la felicidad y el progreso. Los presidentes priístas se agasajaron con el pretendido ingreso al “primer mundo”, el “bienestar para tu familia”, los espléndidos resultados de los programas Solidaridad y Oportunidades, y en definitiva la caída permanente de los niveles de pobreza y marginación. Pareciera ser que la tierra prometida siempre está al alcance de las manos de los pobres, pero que algo siempre falla en el último momento, pues la siguiente administración se encarga de evidenciar las falacias de la anterior: el populismo, la irresponsabilidad en el gasto, la deuda incontrolable, la corrupción, la “economía ficción”, el “error de diciembre” y demás excusas más o menos verdaderas. Es decir, que los presidentes priístas nos enseñaron por la mala a no creer en las bienaventuranzas cantadas por los agoreros salientes, y mejor reservar nuestro ánimo para posibles desengaños, en ocasiones dramáticos. Tanto así, que las diversas crisis de fines de sexenio de los últimos 25 años del siglo XX ocasionaron la caída a la pobreza de decenas de millones de mexicanos, hasta acumular un inconcebible 54% del total de la población en esa condición en el 2000.
El arribo de un partido opositor al poder ejecutivo federal nos hizo albergar las esperanzas de que las cosas pudieran cambiar. Además, el último presidente priísta fue particularmente cuidadoso en evitar incurrir en el maleficio sexenal y pudo entregar un país sin una nueva crisis y en franco proceso de recuperación. Vicente Fox comenzó su responsabilidad sobre buenas bases macroeconómicas, y tuvo el buen tino de no malbaratar la experiencia acumulada por una clase político-financiera priísta que se había profesionalizado mucho y que no tendría empacho en colaborar con el nuevo gobierno en beneficio de la economía nacional. La autonomía del banco de México, con Guillermo Ortiz a la cabeza, aseguró la estabilidad de precios y la convertibilidad libre del peso. Tan solo el hecho de haber bajado la inflación a un dígito es un enorme paso para que la pobreza no continúe creciendo, e incluso un día pueda revertirse. Luego la presencia de Francisco Gil en la Secretaría de Hacienda amarró el gasto público a los requerimientos de la estabilidad de los mercados financieros y la salud del erario. Ese fue otro factor que ayudó a afianzar una política económica de Estado que ha trascendido banderías partidistas en beneficio de todos.
En la presentación del reporte del Banco Mundial “Generación de ingresos y protección social para los pobres” el miércoles pasado, quedo en evidencia que en la reducción de los indicadores de pobreza ha jugado un papel de enorme trascendencia esos factores macroestructurales, como era de esperarse. Además los programas oficiales de desarrollo social han tenido algún efecto positivo, pero todavía limitados a la superficie asistencialista de la que no se ha podido librar el gobierno del cambio. La prueba más clara la da el hecho de que la pobreza en las ciudades prácticamente no ha cambiado en estos cinco años, pero en cambio la pobreza rural ha experimentado un descenso sensible de casi el 7%. Los programas sociales actúan con más efectividad en los entornos urbanos, gracias a las evidentes facilidades que permite ese medio; pero si la pobreza disminuye más rápidamente en el campo no es debido al languideciente Procampo, o por una revitalización de la agricultura campesina, o por la emergencia de una nueva clase empresarial rural, sino más bien por la estrategia límite que ha adoptado nuestros campesinos desde hace décadas: emigrar en busca de mejores oportunidades. Gracias a las creciente remesas producto de la migración laboral y estacionaria, el campo mexicano se está salvando del hambre y la miseria. Es decir, que han sido los temerarios esfuerzos de los paisanos migrantes lo que hoy le permite al gobierno foxista presumir como uno de sus pocos éxitos el descenso promedio en los niveles de pobreza. Por supuesto que todos debemos alegrarnos por este suceso, pero debemos considerar que parece ser que la tradición del triunfalismo acrítico del gobierno parece no terminar ni siquiera con un gobierno de alternancia, que parece enfrentar con horror las evidencias de su intrascendencia histórica con relación a las esperanzas que nos despertó.

Luis en Toulouse, marzo de 2005 Posted by Picasa

viernes, 19 de agosto de 2005

Bonos, estímulos y productividad

Al acercarse el término de los periodos constitucionales de las administraciones estatal y municipales de nuestro estado, saltan a la vista algunas cuestiones que nos demandan atención, antes de que los aceleres de las elecciones y de las entregas impidan otorgarles una atención adecuada. En esta colaboración quisiera abordar solamente una, que ha sido motivo de debate en últimas fechas. Se trata de la persistencia de la nula claridad en cuanto a la asignación de bonos, estímulos y prebendas de la alta burocracia en los tres poderes y los dos niveles de gobierno. El reciente debate sobre el bono autoasignado por los diputados locales develó que este asunto sigue causando escozor y molestia ciudadana cuando vuelve a ser planteado. La aparente improductividad --o al menos falta de oportunidad y eficacia-- del poder legislativo provoca esta reacción. Es muy posible que el ciudadano común, e incluso el ciudadano bien informado, perciban como injustas estas canonjías cuando es bien sabido que los ingresos de los diputados están muy por arriba de los ingresos promedio de los profesionistas y trabajadores de cuello blanco. Igual ha sucedido cuando los ediles y regidores se premian con sendos cheques de despedida al acercarse el término de su encargo. No ha sido raro que se autoasignen hasta tres meses de “dieta” justificándose con el engañoso aserto de que ese es el tiempo que les lleva conseguirse otro empleo. Una falsedad. Todos sabemos que tanto diputados como regidores mantienen sus fuentes de ingresos previas y que muchos de ellos interpretan el cargo de elección como una generosa beca que consolida sus finanzas familiares. Ejemplos concretos se me ocurren muchos.
Los bonos de productividad y cualquier formato de estímulo económico para la alta y baja burocracia deben ser normativizados e insertos en un esquema de competencia y de rendición de cuentas. Se me ocurre proponer un modelo como el que rige sobre los profesores universitarios e investigadores científicos nacionales. Esta comunidad está sometida desde hace más de una década a un esquema de estímulos que se vincula con la productividad y la superación permanente. Cada año --o cada tres o cuatro años en el caso de los miembros del Sistema Nacional de Investigadores-- los profesores de educación superior pública debemos poner en evidencia nuestros productos, logros y actividades concretas para aspirar a recibir “estímulos” económicos. Esto se determina por comités de pares que deben someterse a un riguroso reglamento para asignar niveles diferenciados de estímulo. Yo estoy convencido de que entre los diputados hay grandes diferencias en cuanto a compromiso, productividad y capacidad legislativa. ¿Por qué se les debe otorgar a todos el mismo monto? Como si todos trabajasen a la par. Si esta cuestión se sometiese a un esquema de competencia, como ocurre también en las empresas privadas, nuestros legisladores --y también nuestros burócratas de todos los niveles-- se afanarían en la búsqueda de “puntos” que les redituaran una justa recompensa económica al término del año o de su periodo. ¿En cuantas iniciativas de ley colaboraste? ¿Cuántas fueron aprobadas? ¿Cuántas asistencias efectivas a comisiones o al pleno? ¿Cuál fue tu evaluación por parte de tus representados? ¿Qué actividades de superación emprendiste? ¿Qué promoción social realizaste? Etcétera. El modelo puede reproducirse con los síndicos y regidores.
A la burocracia estatal y municipal debe concretársele la posibilidad de construirse una carrera dentro del servicio público, que posibilite los ascensos por buen desempeño y capacidad y que garantice permanencia ante los avatares de la política. El servicio civil de carrera no existe aún, y esto representa un desperdicio permanente de talentos latentes que carecen de contactos con la política partidista. Si existiera, ese servicio debería acompañarse de un sistema de estímulos que facilitara la profesionalización y el compromiso con el buen ejercicio del gobierno. A los miembros de dicho servicio deben abrírseles las puertas de acceso a los cargos de primer nivel, incluso las secretarías de estado.
Por lo pronto sólo nos queda esperar que conforme se acerca el fin de estas administraciones, se acrecienten los escándalos nacidos de la asignación caprichosa e interesada de bonos de fin de término, que todavía insultan a la sociedad por sus montos inmoderados y la poca justificación de su concesión. Todos tienen derecho a recibir percepciones adicionales por un esfuerzo perseverante y de calidad, pero primero pongámonos de acuerdo en el por qué, el cómo y el cuánto.

viernes, 12 de agosto de 2005

Competencia y buen gobierno

En este mi regreso al terruño guanajuatense, una de las sorpresas más agradables fue encontrarme con una ciudad capital que se encuentra en plena transformación. Es muy estimulante constatar que el progreso comunitario puede ser sensiblemente estimulado cuando se cuenta con autoridades locales que no solamente laboran con intensidad, sino también buscan y convocan a los otros niveles de gobierno para lograr un objetivo común: mejorar las precarias condiciones urbanísticas de la ciudad de Guanajuato y sacar lustre a una joya arquitectónica que enorgullece a todos los mexicanos. Independientemente de que los muy publicitados 500 millones que invertirá en obra pública esta administración municipal tienen origen particularmente en aportaciones estatales, es de reconocerse que el edil Vázquez Nieto ha desplegado habilidades políticas dignas de elogio, pues ha sabido superar las necesarias diferencias partidarias y traducir este acuerdo entre rivales políticos en obras concretas que ponen en evidencia que la democracia y el pluralismo no necesariamente degeneran en discrepancias y enfrentamientos permanentes, pues si la diversidad se acompaña de tolerancia y cortesía es posible que la sociedad se beneficie de la rudeza del pluripartidismo.
Este afán constructor tiene, evidentemente, intencionalidades políticas futuras. Nadie podría negar que los políticos trabajan siempre con la visión puesta en la zanahoria de las posiciones ulteriores. Considero esta situación es plenamente válida cuando dichas posiciones se alcanzan como premio a un desempeño eficiente y honesto. Parece ser el caso en este gobierno municipal, y ello me produce beneplácito, ya que de esta manera podemos mostrar a los numerosos críticos de la democracia un ejemplo de eficacia dentro de esquemas de competencia política abierta.
El contraste con la administración municipal precedente, la del muy popular arquitecto Rafael Villagómez, abanderado circunstancial del PRD, es muy patente. Las esperanzas que despertó un gobierno emanado de un partido que asume las causas populares --“primero los pobres”-- como el leit motiv de su actuar, fueron frustradas por un estilo de gobierno desparpajado, descuidado y sin un plan de trabajo claro. Eso favoreció el retorno del PRI al poder local, y en particular de los llamados “sectarios”, que han acaparado los espacios de representación en la capital del estado. El éxito de Arnulfo Vázquez Nieto ya marcó el camino a seguir por parte de sus compañeros de camarilla, quienes ya se agitan en la búsqueda de la candidatura para el 2006. Destacan los repetidores: Eduardo Knapp y Luis Felipe Luna. Seguramente van a ofrecer un estilo emulador del actual presidente hotelero: mejorar en el segundo periodo el buen papel que cumplieron en el primero.
La política parroquial guanajuatense puede estar adelantando las estrategias que luego podamos ver transportadas al ámbito estatal. Las credenciales de los candidatos de todos los partidos podrán ser avaladas mediante ejercicios aceptables en los ámbitos municipales, casi como prerrequisito para aspirar a la conducción estatal. En la historia no tan reciente del estado de Guanajuato, sólo Carlos Medina Plascencia contaba con esta experiencia previa como edil. Y sin duda que eso le ayudó mucho para enfrentar los retos de la convivencia social en una entidad muy diversificada. Fox y Ramón Martín sólo contaban con experiencia parlamentaria. Juan Carlos Romero nunca había salido de los ámbitos universitarios. Y ni hablar de los gobernadores priístas: todos fueron producto de la burocracia federal --con la rara excepción del doctor Rodríguez Gaona, quien tampoco fue presidente municipal.
Guanajuato capital se está beneficiando de la intensa competencia democrática que se inauguró en 1991. A pesar de que nunca ha sido gobernado por el PAN, no ha sido ajeno a la alternancia hacia partidos de derecha, como sucedió con el PDM en 1982. No puede hablarse tampoco de una vocación priísta, pues el PRD ya tuvo su chance de gobernar, y si encuentra buen candidato puede tener oportunidad de retornar al edificio de las casas reales. El PAN necesita crecer tanto en número como en calidad de su militancia, así como de hacerse de buenos precandidatos, que todavía no veo aparecer. En apariencia en este momento el PRI parece mejor ubicado que sus rivales. Por supuesto no podemos adelantar vísperas, pues muchas cosas pueden alterar el escenario local. Pero sinceramente me congratulo de que la competencia actual azuce las vocaciones de servicio en todos los partidos y que hoy podamos presumir de un buen gobierno, que sin duda dejará huella en la fisonomía urbana y la calidad de los servicios que estamos recibiendo los guanajuateños, sufridos habitantes de la cañada.