viernes, 27 de enero de 2006

Melba Castellanos

Hace pocos días la comunidad educativa guanajuatense sufrió una pérdida muy sensible: el lamentable fallecimiento la licenciada y maestra Melba Castellanos. Me duele su deceso pues tuve la oportunidad de ser su alumno y recibir de ella mucho más que enseñanzas: también experiencias vitales, guía y tutela. Mi deuda personal me obliga a compartir aquí mi vivencia con Melba –como le llamábamos con cariño sus discípulos.
La ocasión se dio hace ya muchos años, entre 1972 y 1974, cuando yo cursaba la secundaria. En la ciudad de Guanajuato sólo existían dos escuelas secundarias públicas, la de la universidad -que atendía trabajadores- y la anexa a la Normal. Yo ingresé a esta última en 1971, y ahí cursé el primer año del ciclo medio básico. El gobierno de Manuel M. Moreno había determinado que era tiempo de que la capital contara con una escuela pública adicional, y por ello ordenó la construcción de un edificio ad hoc en los terrenos de la exhacienda de Montenegro, en el barrio de Pastita. En 1972 se inauguró la Escuela Secundaria Estatal Presidente Benito Juárez, y me tocó la suerte de testimoniar en calidad de alumno. Para integrar la planta estudiantil se había dividido el conjunto de los estudiantes de la escuela secundaria de la Normal y los de la mitad más suertuda nos fuimos al nuevo establecimiento, llenos de gusto.
El plantel refulgía de nuevo, y bien que lo era en más de un sentido. La mayoría de los profesores también eran “nuevos”, tanto en edad como en ánimos y entusiasmo. La escuela había sido puesta al cargo de la licenciada Melba Castellanos, abogada y pedagoga que de inmediato aplicó innovadoras técnicas y estrategias educativas. Sus ideas desbordaban frescura y osadía, e impregnaban el ambiente de la nueva institución. Luego supe que a Melba le había tocado fundar y dirigir el Departamento Psicopedagógico y de Orientación Vocacional de la UG, que inició sus labores en 1968. Era evidente que esta experiencia había contribuido mucho a forjar su compromiso pedagógico y su entusiasmo por las nuevas técnicas educativas.
A nivel nacional apenas se estaban debatiendo los famosos “acuerdos de Chetumal” de 1974, que modernizaron profundamente la educación secundaria mexicana. La orientación pedagógica de esa reforma ya se estaba ensayando en la escuela que dirigía Melba, quien innovó hasta donde le permitía el viejo programa. Un ejemplo: en una época en que casi ningún maestro se atrevía a tocas temas sexuales, ella implementó todo un programa de educación sexual que nos abrió los ojos hacia un tema considerado tabú. Recuerdo muy bien las interesantísimas charlas de la doctora Arias, tanto a niños como a niñas, forjando conciencia sobre buenos y malos hábitos, enfermedades y riesgos, y métodos para evadirlos. Se combatía así la desinformación y el morbo tradicionales. También recibimos charlas sobre drogas y adicciones, en un tiempo en el que los soldados del cuartel de enfrente distribuían mariguana entre los alumnos de esa y otras escuelas.
Melba involucró a los padres de familia en la dinámica escolar, y pronto aplicó talleres de integración familiar, así como espacios de debate y comunicación entre padres e hijos. Aunque éramos poco más de 400 alumnos, ella nos conocía a todos por nuestro nombre y no tardó en conocer detalles de nuestras familias. Al año siguiente, cuando yo cursaba el tercer grado, los estudiantes nos organizamos para demandar elecciones democráticas en la selección de nuestra directiva de sociedad de alumnos. Melba lo consintió y propició. Las elecciones fueron reñidas y desordenadas, pero ella respetó el resultado. Ganó nuestra planilla, la UTE, encabezada por mi hoy compadre Vicente Aboites, quien ejerció un liderazgo activo y cuestionador. Llevamos la tolerancia de Melba al extremo cuando organizamos una huelga estudiantil cuyos motivos originales ya ni siquiera recuerdo. Por poco y nos expulsan por revoltosos, pero Melba no lo consintió. Su autoridad la ejercía más con sus colegas profesores; con nosotros prodigaba paciencia y comprensión. Se convirtió en nuestra amiga. Desgraciadamente saldría de la dirección poco tiempo después por un conflicto con un colega. Con ello cesó la innovación, y la escuela se estancó en las viejas prácticas de la rutina.
Muchos años después varios sus exalumnos acordamos visitarla en su departamento del condominio Primer Ligero. Nunca pasó de una mera intención, y de ello me arrepiento profundamente. Ella llegó hasta una edad avanzada y espero que el atardecer de su vida haya sido dichoso y tranquilo. Mi homenaje personal consiste en que cada vez que imparto clase la imito. Por eso ¡gracias maestra!

viernes, 20 de enero de 2006

La edad media

Termina la tregua electoral y se reavivan los debates sobre candidatos y campañas. Pero para evitar meterme en un terreno de por sí espinoso, donde no es posible decir algo sin evidenciar filias y fobias, prefiero mantener estas líneas semanales en el plano más personal y vivencial. Que me disculpen los lectores si les aburro dedicándome a estas intimidades.
Diré que el día de mañana cumplo 46 años de edad. Quisiera ser optimista y afirmar que me encuentro “a la mitad del camino” en esta vida, pero eso sería ingenuo y poco realista, pues conozco las estadísticas demográficas y sé que los hombres en México tenemos una perspectiva vital de 73 años. Si me va bien alcanzaré esa edad y con mucha suerte la rebasaré. Al menos esa es mi esperanza y mi aliciente para continuar la batalla contra los males que padecemos los hombres maduros del mundo posmoderno gracias al sedentarismo y sus consecuencias –obesidad, hipertensión, colesterolemia, etcétera . Dice un chiste que los varones veinteañeros dedican sus conversaciones a los deportes, las mujeres y el sexo; los treintañeros a los carros y las casas; los cuarentones a los negocios y las deudas, y a partir de los cincuenta el tema predilecto de los señores son los médicos, las dietas y los tratamientos de los crecientes achaques. Creo que para allá voy volando. Ni modo. Me da un poco de pena confesar que desde hace algunos meses el buró de mi cama se ha ido vaciando de libros, revistas y controles remotos, y ahora lo veo poblándose de pastilleros, inhaladores, lentes para visión cansada, puentes dentales y demás parafernalia que indica el avance inmisericorde de la propia decadencia.
Los que saben de esto –psicólogos y geriatras llaman al momento que hoy describo “la crisis de la edad media”, que sin duda es un fenómeno relativamente reciente. Hasta hace poco quien lograba acumular más de cuatro décadas de edad era sencillamente considerado un “viejo”. No existía esta curiosa noción de la edad mediana, pues en realidad a los cuarenta se llegaba a la edad límite o terminal para la gran mayoría de varones de países como el nuestro. No era raro que los abuelos fuesen cuarentones, en tiempos donde las parejas se unían todavía adolescentes. Quiero decir que no había tiempo ni circunstancia para entrar en “crisis” alguna: sencillamente se arribaba al ocaso de una vida intensa y breve, en la que lo más seguro era sucumbir por enfermedades infecciosas, sobre todo estomacales o pulmonares, o bien ser víctima de la violencia. Por eso mucha gente deduce hoy que antes las personas no se morían de cáncer o del corazón, que eran más “correosas”. ¡Pues claro! –como diría Fox , esas enfermedades ni se conocían, pues no se tenía el tiempo de padecerlas: uno se moría antes de un “aire”, un “pujo”, una “diarrea”, una “pulmonía” o de un balazo.
Pero hoy tenemos la “suerte” de ya no morirnos de esos males tan pedestres. Ahora sí llegamos a lo que nuestros médicos llaman las enfermedades “crónico degenerativas”. Cuando me enteré de que mi hipertensión y mi colesterol son de ese tipo de afecciones pensé que estaba frito, y que más me valía hacer testamento y poner mis cosas en orden. Afortunadamente luego supe que también son posibles de controlar y contrarrestar, y que para ello nada hay mejor que un cambio de hábitos. Y aquí reside lo triste de la edad media: hay que dejar de lado los viejos placeres que tanto disfrutamos en nuestra irresponsable juventud, y entrarle a la posmoderna cultura del “fitness”, la dieta permanente, el terror a la carne roja, el anatema al tabaco, la moderación en la bebida, los chequeos de peso, presión y palpitaciones, y demás ritos de iniciación a la prematura senectud. ¡Oh qué tiempos señor don Simón! Dirían los auténticos abuelitos.
Pero más que quejarse por los nuevos hábitos de un prospecto a cincuentón, hay que reconocer que sólo hasta esta edad se comienzan a disfrutar los auténticos frutos de una vida provechosa: los hijos, la familia ampliada, la casa propia, los bienes terrenales, los viajes cada vez más frecuentes, las nuevas e interesantes personas con las que uno se cruza en la cotidianidad, el afán intelectual, el gusto por lo nuevo y el reconocimiento de lo viejo. Yo he redescubierto a mis padres, a mis hermanos y a mi gente. Los veo desde una óptica muy diferente a como lo hacía hace dos décadas, y sinceramente me gusta lo que diviso. Parece que al fin estoy recibiendo los anuncios de la verdadera sabiduría –y no la sapiencia pretensiosa que uno recibe en la formalidad de la escuela y me causa placer festejar un aniversario más, pues no es un año menos de vida, es un año adicional en el salón de los recuerdos compartidos.
Posdata: no olvidemos que mañana también es el 250 aniversario del natalicio de Wolfang Amadeus Mozart. Me regocijo por la coincidencia, pero también recuerdo que un 21 de enero decapitaron a Luis XVI.

viernes, 13 de enero de 2006

Evaluación de programas sociales

Cuando se publique este artículo me encontraré en la ciudad de Tijuana, para acudir nuevamente a una sesión de trabajo en El Colegio de la Frontera Norte, donde se está impulsando fuertemente la investigación social aplicada, esto en colaboración con el gobierno de Baja California. Me convocan para participar como asesor académico dentro de dos proyectos de evaluación de programas públicos de intervención social. Traigo esto a cuento porque considero que en general en nuestro país, pero muy particularmente en el estado de Guanajuato, carecemos de una cultura del peritaje permanente y sistemático de los programas oficiales de los diferentes niveles de gobierno, por parte de instancias independientes, en este caso de corte académico. Lo que se está haciendo en Baja California es un buen ejemplo que deberíamos emular desde las universidades públicas y privadas de nuestra entidad.
Uno de los proyectos que asesoraré se denomina “Análisis y Evaluación de los Programas Sociales del Gobierno del Estado de Baja California y el Municipio de Tijuana”. Está siendo apoyado por el sistema de fondos mixtos Conacyt-Gobierno de Baja California. Se escogieron doce programas, unos de carácter productivo, otros asistenciales y alguno de apoyo a organismos de la sociedad civil. Todos son sumamente interesantes, ya que están dirigidos a nichos sociodemográficos muy concretos: apoyo a migrantes, trabajadores informales, costureras, impulso a microempresas, la llamada “línea de crisis” que brinda apoyo psicológico a personas con problemas emocionales , el programa denominado “Desarrollo hacia el Sur” que pretende apoyar la mejora social y económica de las grandes extensiones desérticas del sur de esa entidad (San Quintín) , y finalmente el apoyo oficial al Consejo Estatal de OSC’s –Organizaciones de la Sociedad Civil, como ahora se denomina a lo que antes llamábamos ONG’s. En fin, todo un horizonte de alternativas de apoyo a sectores vulnerables. Intentaremos determinar hasta qué punto los beneficiarios de estos programas perciben que la acción oficial ha permitido introducir cambios positivos en su calidad de vida personal y familiar. Para ello aplicaremos encuestas y métodos cuantitativos, pero algunos de los colaboradores del proyecto aplicaremos técnicas cualitativas y antropológicas sobre los actores de los programas. Es decir que en buena medida se trata de una evaluación subjetiva y de percepción, que permite determinar hasta qué punto los indicadores cuantitativos –que miden acceso concreto a servicios y a satisfactores son observados como efectivos e inmediatos –reales en una palabra por parte de los presuntos beneficiarios.
El otro proyecto se denomina “Características sociales y situación actual de los Comités de Vecinos en el municipio de Tijuana”, y pretende evaluar la maduración, efectividad y organización de esta expresión de la sociedad organizada, que es el espacio por excelencia de la participación ciudadana en la resolución de los problemas que afectan a su entorno inmediato: es decir la colonia o el barrio. Nos financian la Secretaría de Desarrollo Social estatal y la Sedesol. También en estos ámbitos aplicaremos técnicas cualitativas, principalmente entrevistas semiestructuradas y una de las mecánicas más populares en este tipo de evaluaciones: el grupo de enfoque (focus group), donde un grupo de personas, en este caso vecinos, opinan y debaten libremente sobre temáticas particulares que les atañen. El formato permite recolectar de forma ágil y efectiva cuáles son las categorías compartidas en que se pueden agrupar las respuestas, que no son más que la verbalización de una percepción común. Los antropólogos y los comunicólogos denominan a este fenómeno “la construcción de la intersubjetividad”, que por ser compartida puede asumirse, paradójicamente, como un elemento objetivo en sí.
En Guanajuato todavía tenemos poca tradición en la aplicación de esquemas de evaluación independiente de los programas de intervención social. Conozco algunos esfuerzos aislados, como los que realizó el ya desaparecido Centro para el Desarrollo Humano. También la Universidad de Guanajuato ha realizado algunos, como el proyecto que en 1999 coordinó el maestro Hernán Ferro para evaluar los riesgos del Fiprodima. El resultado fue excelente y sentó un precedente que no ha sido imitado. En 2001 se evaluó la efectividad y aceptación del programa Zumar-Fidepo. Me tocó coordinar ese esfuerzo, y creo que sirvió mucho para mejorar el desempeño concreto del programa. Más adelante ensayé una pequeña evaluación del programa de microcréditos Santa Fe, que luego publicó la UAM. En fin, que mucho se avanzaría en garantizar la eficacia y eficiencia de los programas de desarrollo social, tanto los públicos como los privados y los de las OSC si se consolidara esta cultura de la evaluación. Ojalá que el buen ejemplo cunda.

viernes, 6 de enero de 2006

Carta de un padre a los Reyes

Este año que recién comienza me lleva a plantear a los lectores ciertas aspiraciones personales que bien podrían ser compartidas por muchos de ellos, y hacerlo a la manera de una cartita a los Santos Reyes, como lo hacíamos en nuestros tiempos infantiles, antes de perder la inocencia y que la adultez barriera con nuestra fe en la bondad y la magia de este mundo. Permítanme entonces tomarme esta libertad, y dar comienzo así a mi carta de peticiones…
Queridos Santos Reyes:
Aunque no puedo presumir de haberme portado muy bien durante el año pasado, sí deseo volver a dirigirles esta carta como cuando ustedes tenían todavía la voluntad de compartir conmigo los juguetes que iluminaron mi niñez. Pero antes que nada, quiero agradecerles el haber tenido la dicha de ser uno de esos chiquillos afortunados que en efecto recibían obsequios, pues debo decirles que me consta que muchos de mis vecinitos y compañeros de escuela fueron sistemáticamente olvidados por ustedes, y que el amanecer del día seis de enero no era gozoso en esos hogares desafortunados, ya que la calidad y el número de los juguetes eran muy diferentes a los que aparecían al pie de mi nacimiento. Tampoco puedo agradecerles el que yo y mis hermanos hayamos querido saber las razones de tal injusticia, y que por ello hayamos pedido una explicación a nuestros padres, que nos respondieron con dechados de imaginación para evitar entristecernos por el infortunio ajeno. Por eso respóndanme ahora: ¿por qué siempre se les agotaban los juguetes antes de llegar a los barrios y a las rancherías más pobres? ¿No han aprendido a calcular? Mi esposa, Felisa, me relata cómo en su casa ustedes nunca depositaron mas que obsequios sencillísimos, tanto que en alguna ocasión el presente consistió en una bolsa de uvas pasas. Qué crueldad: ella siempre deseó una muñeca con pelo que jamás recibió. ¿Dónde quedó?
Pero en fin, reitero que les agradezco el hecho de que al menos a mí y a mis hermanos no nos hayan olvidado, y que no me hayan faltado artefactos con qué jugar. Por eso ahora tengo fe en que me concedan mis nuevos deseos, que ya no pueden consistir en juguetes pues ya estoy viejo para eso. En cambio deseo pedirles, si no es demasiado abuso considerando que en 35 años no los he vuelto a distraer, que junto a los juguetes que mi hijita Yuriria les ha solicitado nos depositen al resto de la familia un poco de esa inocencia que perdimos cuando ustedes dejaron de visitarnos. No se olviden de que los mayores, hoy ya descreídos, fuimos sus fanáticos cuando la niñez nos permitía creer en la magia que ustedes representan. Con ustedes se nos fueron buena parte de nuestros sueños y alegrías. Ojalá que hoy puedan ustedes regresarnos un poco de esas ilusiones perdidas. Déjenme una pizca de la fantasía que hoy adorna los ojos de mi pequeña niña. Deposítenla junto con sus juguetes, y permítanme disfrutar con ella de este día como cuando ustedes todavía me hacían desmañanar por el ansia de la ilusión.
Y deseo más todavía: permítanos a los adultos recibir algo de su mensaje perdido, ese impulso de seguir una estrella que nos guíe hacia algo mejor, hacia un ideal ubicuo, hacia la quimera en la que creímos un día. En un mundo sin paradigmas como el actual, en el que ya no se cree en nada más que en el dinero y el provecho propio, déjenos junto al nacimiento familiar un poquito de ensoñación y de utopía, pues es urgente que volvamos a creer en algo. Un día fatal, ya lejano, se nos pidió ser realistas, pragmáticos y calculadores; por ello alguno diría que nos hemos enamorado de lo material y del placer. Somos hedonistas y egoístas. Tal vez si ustedes nos proporcionan algo de su irrealidad, algo de su ficción, nos venga a nuestro recuerdo que un día fuimos cándidos e idealistas, pero sin duda mucho más felices que hoy, que nos toca ser padres angustiados. Tráiganos algo de nuestra infancia olvidada, un poco de nuestra fantasía, para así acompañar a nuestros hijos en este día de magia y embeleso. En fin, que les pido me traigan de nuevo ese trencito que echaba humo, ese carro de latón al que le daba cuerda, esa granja de muñequitos de plástico que desperdigué, ese triciclo rojo con caja metálica con que acarreaba arena, esa ametralladora que echaba chispas, y no olviden por supuesto mis patines, pues a todos ellos, mis juguetes, los extraño mucho…