viernes, 25 de agosto de 2006

¿Educación con valores?

Continuando con la polémica que se ha desatado en nuestra entidad en torno al contenido de algunos de los libros de texto propuestos por la SEP para apoyar el acercamiento de los estudiantes de secundaria a los fenómenos biológicos como la sexualidad, dedico esta contribución a responder algunos de los comentarios que he recibido de forma personal por parte de algunos lectores y amigos.
En primer lugar, existe la circunstancia real de que el grueso de los padres de familia guanajuatenses nos hemos formado en un entorno cultural muy restrictivo en lo que concierne a los usos y conocimiento sobre nuestros cuerpos y su fisiología, muy particularmente su sexualidad. Y es claro que quien no ha recibido tiene pocas posibilidades de dar. En cambio sí hemos heredado un caudal de mitos y prejuicios, muchos de ellos con raíz en la tradición religiosa dogmática en que se nos adoctrinó. Y no es ningún secreto que las religiones –tal vez con la excepción del taoísmo han construido interpretaciones míticas de la sexualidad más interesadas en su control y restricción, incluso su interdicción para ciertos sectores de la sociedad. Las diversas sociedades han construido instituciones culturales y normativas que rigen arbitrariamente sobre las conductas sexuales, y canalizan los instintos naturales hacia las sendas de la convivencia regulada, que garantiza -hasta cierto punto- la certidumbre en las relaciones entre los individuos. La moral religiosa forma parte de ese sistema normativo, y aplica prescripciones y prohibiciones que son presentadas en el gran envoltorio de los “valores morales universales”.
El gran problema reside en que las instituciones culturales, entre ellas la moral pública y las ideologías religiosas, evolucionan a ritmos sustancialmente más lentos que los acelerados cambios de la sociedad tecnológica y globalizada del mundo contemporáneo. Es decir que la sociedad material avanza más aprisa que sus propias instituciones. Este desfase conduce a conflictos y confusiones como los que vemos en materias tan sensibles a la moral tradicional como lo es la educación sexual que impulsa el modelo educativo formal. La SEP y sus especialistas tienen plena conciencia de la necesidad de actualizar los elementos conductuales de los mexicanos del siglo XXI para que correspondan a las nuevas realidades que nos impone la (post)modernidad. Pero muchos sectores de la comunidad se oponen a esos cambios que no alcanzan a asimilar, y abanderan la defensa de una “educación con valores” que supuestamente cuide el componente “humanista” del proceso educativo. El problema, desde mi punto de vista, es que los valores culturales siempre serán relativos al tiempo histórico y las necesidades concretas del conjunto. No hay tal cosa como los “valores universales”, pues si en efecto existieran las sociedades no evolucionarían ni se adaptarían a las circunstancias cambiantes que les impone el medio. Darwin y sus herederos pusieron en evidencia que el cambio permanente ha sido el secreto de la supervivencia para todas las especies vivas, incluyendo la nuestra.
Además, nadie se toma el trabajo de definir lo que entiende como “valor”. El diccionario de la Real Academia enlista los siguientes significados: “1. Grado de utilidad o aptitud de las cosas, para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o deleite. 2. Cualidad de las cosas, en virtud de la cual se da por poseerlas cierta suma de dinero o equivalente. 3. Alcance de la significación o importancia de una cosa, acción, palabra o frase. 4. Cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros. 5. En sentido peyorativo, denotando osadía, y hasta desvergüenza. 6. Subsistencia y firmeza de algún acto. 7. Fuerza, actividad, eficacia o virtud de las cosas para producir sus efectos. 8. Rédito, fruto o producto de una hacienda, estado o empleo.” Tal vez la acepción más sea la séptima, pero al menos a mí no me queda claro si una “educación con valores” equivale a una “educación con capitales” -es broma-, o bien a una educación pensada en reforzar los viejos esquemas conductuales que dicta la tradición, a pesar de que su anacronismo ponga en riesgo la vida y la salud -física y mental- de nuestros hijos. Yo me quedo con la opción de un modelo educativo proactivo que propicie el desarrollo armónico del individuo con su colectividad y su entorno cambiante. Eso también es un “valor”.

viernes, 18 de agosto de 2006

Educación sin sexo

Varios de los libros de texto que la SEP ha recomendado para tutorar la enseñanza de la ciencia biológica en el nivel de educación secundaria han causado un inopinado escozor entre asociaciones conservadoras locales, que han demandado públicamente su retiro o bien que sean “corregidos” –vale decir censurados-. Es el caso del libro “Competencias Científicas I” de la editorial Norma, cuya coautora Myriam Stella Fernández ya se ha visto obligada a hacer declaraciones ociosas ante la prensa guanajuatense y se ha mostrado sorprendida por la reacción de las “buenas conciencias” abajeñas.
Me llama en extremo la atención que en pleno siglo XXI todavía sigamos debatiendo sobre la necesidad o pertinencia de la educación sexual. Se sigue alegando la pretendida defensa de la moral y las buenas costumbres para mantener a nuestros hijos en el mismo estado de ignorancia e indefensión en el que crecieron nuestros padres e incluso nosotros mismos. En mi caso, recuerdo muy vívidamente cuando la maestra Melba Castellanos, la fundadora de la escuela secundaria estatal Presidente Benito Juárez, emprendió -por sus pistolas- un programa pionero de educación sexual entre los chicos que entonces (1973) estudiábamos en su escuela. La doctora Arias nos dio a chicos y a chicas –por separado para evitar cualquier mala interpretación- unas espléndidas charlas aderezadas con transparencias e ilustraciones que nos abrieron los ojos a un mundo desconocido e inquietante, pero también hermoso y pleno de amor. El sexo dejó de ser un asunto pecaminoso, de fotos en los baños, de chistes asquerosos y de historias falaces para convertirse en un tema de discusión abierta y de búsqueda de información. Aprendimos a hablar de penes y vaginas, y no de “p…” y “p…”. Supimos de las enfermedades venéreas y de los recursos para evitarlas -incluyendo por supuesto la abstinencia-. Nos enseñaron sobre el riesgo de la maternidad y paternidad tempranas, y también los medios de evitarlas. Nuestros libros de biología no mostraban gráficamente el sexo, aunque sí proporcionaban alguna información pertinente. En cambio los materiales de nuestra tutora eran explícitos y nos ayudaron a conocer y aceptar las características de nuestros cuerpos. También recuerdo que por entonces se estrenó la espléndida película “El cuerpo humano” -que luego se hizo serie de TV-, que cuando se estrenó causó gran interés por mostrar desnudos no pornográficos y por exhibir al detalle la fisiología de nuestros cuerpos. Gracias a esas fuentes de educación sexual, mi relación con el sexo se dio -y se da- de manera grata y natural. Mis experiencias nunca fueron traumáticas ni irresponsables, nunca me pegó una enfermedad, ni embaracé a nadie inoportunamente, ni me acomplejé por circunstancias infortunadas. He sido sexualmente feliz, y en muy buena medida se lo debo a mis queridos profes de la secundaria. Sólo nos faltó un buen libro de apoyo. ¡Y hoy existe!
Las declaraciones del señor ingeniero que está a cargo de administrar la educación en nuestro estado, e incluso las opiniones vertidas por el gobernador Romero sobre este asunto, me confirman la situación lamentable de que se sigue privilegiando la ideología política y la fe religiosa de los regenteadotes del gobierno, por sobre las necesidades reales de la formación educativa integral. Lo que los voceros oficiales denominan “educación con valores” es un eufemismo que oculta la militancia religiosa y conservadora, misma que pretende la existencia de “valores universales” que deben ser observados por todos, sin excepción. Entre esos valores está el que define al sexo como estricto mecanismo reproductor, enmarcado en los confines de la familia contractual, legitimada por la iglesia y heterosexual. Recuerden que la fornicación, el sexo por placer, es un pecado capital que conduce a la condenación. Es evidente que los que si practicamos el sexo como un goce vital -¡y porque nos encanta!- no compartimos entonces ese “valor universal”.
La creencia en absolutos morales conduce a la intolerancia política y religiosa. Hay absolutos tanto en la izquierda como en la derecha ideológicas, y dentro de esta última destaca el aborrecimiento del sexo trivial y el rechazo a su conocimiento científico. El problema es que los padres de familia que asumen esta posición condenan a sus hijos a perpetuar la ignorancia y a que arriesguen la vida cuando se acerquen a esta manzana prohibida. El sexo es una realidad natural, y como tal es ajeno e indiferente a nuestros constructos morales. El sexo es conducta, pero más que nada es instinto. Por eso, para reforzar las conductas que nos lleven a una experiencia sexual plena y responsable, hay que reforzar los contenidos educativos de orden científico y objetivo. Los “valores” no ayudarán mucho cuando la ignorancia propicie conductas de riesgo que desaten los peligros auténticos de nuestra naturaleza animal.

viernes, 4 de agosto de 2006

¿Un futuro sin agua?

La Comisión Estatal del Agua de Guanajuato (CEAG) inauguró este miércoles su XII ExpoAgua, que con mucha fortuna conjugó con el IV Encuentro Nacional de Cultura del Agua. El evento convocó a un importante número de expertos, funcionarios, estudiosos y demás personajes que tienen interés o vínculos con el tema del aprovechamiento y cuidado del recurso natural más valioso para la vida en este planeta: el agua.
Acompañé a mi padre a la inauguración, pues el ingeniero Ricardo Sandoval, talentoso y sensible secretario técnico de la CEAG, lo había invitado a dar la conferencia inaugural, donde el maestro Isauro Rionda ensayó un acercamiento a las vicisitudes que la ciudad de Guanajuato ha enfrentado históricamente para lidiar con la escasez o la abundancia del agua. La ciudad minera ha transitado siglos de penuria ante las sequías pertinaces o las inundaciones catastróficas. Me hizo recordar un pasaje de aquella novela de la escritora Vicky Baum, “El ángel sin cabeza”, donde describe un día funesto a principios del siglo XIX, cuando la población amaneció con los sufrimientos del estiaje y la sed generalizada, y luego cómo por la tarde el cielo se cubría de nubarrones, y pronto se desataba un chubasco violento seguido del famoso “burro de agua”, una especie de tsunami que descendía de las cañadas de la sierra y barría todo a su paso. La sed matutina y el ahogo al atardecer. Nuestra relación con el agua ha sido siempre de extremos, incluso violentos.
Me pareció importante que se subraye que muchas tecnologías tradicionales de aprovechamiento del agua se hayan perdido de la memoria colectiva, como fueron los aljibes, las cajas de agua, los bordos, y demás recursos, que han sido sustituidos por tecnologías más depredadoras del medio, como las grandes presas y canales, y ni se diga de los pozos profundos.
Me pareció afortunado que el evento de la CEAG se realice precisamente en esta época, que tradicionalmente se ubica como plena temporada de lluvias. Sin embargo, y en contraste con lo que está sucediendo en otros lugares del país, donde desde hace semanas están lidiando con lluvias torrenciales (Monterrey, Guadalajara, Ciudad Juárez, el DF), en Guanajuato la temporada se ha retrasado este año más de lo normal. Es increíble que en este año se haya llegado al extremo de cancelar la apertura de la presa de la Olla, que debió ocurrir el primer lunes de julio. Sencillamente no ha llovido lo que debería para la época. Pero esta semana se ha mostrado muy llovedora, como si la naturaleza quisiese poner al día su deuda de agua con el estado de Guanajuato. Ojalá que las lluvias mantengan su ritmo actual, pues nuestra situación en cuanto a disponibilidad del recurso parece empeorar con los años.
Guanajuato es fuertemente deficitario en agua. Es decir, gastamos más agua que la que recibimos de forma natural por escurrimientos o por los acuíferos subterráneos. Recibimos 4,142 millones de metros cúbicos anuales (MM3A), pero hay aprovechamientos de 5,584 MM3A. Eso quiere decir que usamos 1,442 MM3A (26%) más de los que la naturaleza provee sin alterar los equilibrios hídricos del medio ambiente. ¿De dónde sale esta diferencia? De la sobreexplotación de los mantos freáticos. Los pozos profundos, cada vez más profundos, son la fuente de este exceso sobre la naturaleza. La depredación del ser humano no tiene límites, y estamos poniendo en riesgo nuestra propia supervivencia.
Los especialistas nos advierten de lo peligroso de esta situación. Debemos cambiar nuestra relación con el entorno. Es increíble que el 88% de nuestro consumo de agua se esté yendo a la agricultura, que padece todavía de técnicas anacrónicas para el riego. El desperdicio por malas técnicas de conducción es enorme, y las resistencias sociales hacia el cambio y la tecnificación son todavía formidables. Nadie quiere gastar en ahorrar agua, que es vista como un recurso barato. Muy diferente a Israel o los emiratos árabes, donde han hecho florecer el desierto con poquísima agua, bien aprovechada.
Si no hacemos algo con urgencia, nuestros hijos crecerán en un ambiente desertificado, con conflictos sociales derivados de la carencia de agua -no por nada “rivalidad” viene de “río”-. Ya tuvimos una probadita con los casos de Romita-La Muralla y recientemente en nuestro pleito con Jalisco por la construcción de una presa en el río Verde para León. Las cosas se pondrán mucho peor cuando los ecosistemas reflejen el abatimiento dramático de los acuíferos. Estamos cavando nuestra tumba futura si no reaccionamos a tiempo.