viernes, 30 de noviembre de 2007

Estudios electorales

La semana pasada se desarrolló en la ciudad de Guadalajara el XIX Congreso Nacional y II Internacional de Estudios Electorales, encuentro académico anual que realiza la Sociedad Mexicana de Estudios Electorales A.C., mejor conocida como la SOMEE. Desde 1994 participo sin falta en estos eventos, que me han permitido vincular mi producción personal como investigador universitario a los debates que sobre este tópico ha venido construyendo una creciente comunidad de especialistas, tan pertinentes para nuestro país. Quiero compartir con los pacientes lectores un poco de mi experiencia particular, en un afán de convocar a los interesados en la reflexión político-electoral a participar en las actividades de esa meritoria asociación. Debo mencionar que Guanajuato está recibiendo muy poca atención de parte de analistas sociales, por lo que en cada congreso de la SOMEE soy casi el único en acudir con mis análisis de los procesos comiciales más recientes, y la soledad académica afecta a cualquiera. Aunque esto está cambiando por suerte.
En 1991 estaba yo en búsqueda de un tema para mi tesis de doctorado en ciencias sociales. Mis asesores me habían convencido de que dejara de lado temporalmente la temática que yo había trabajado en mis tesis previas de licenciatura y maestría: la migración laboral mexicana internacional. Y me dejé convencer porque en mi estado natal, Guanajuato, estaban ocurriendo cosas muy interesantes -e inquietantes también- en el ámbito político electoral. Las elecciones estatales del 18 de agosto de ese año habían tensado el ambiente local, y las cosas se complicaron aún más con el inopinado recurso del interinato. La entidad se convirtió así en un laboratorio donde el régimen salinista experimentó con la alternancia y el gobierno dividido, todo en aras de no afectar las negociaciones del TLC con América del Norte, y proyectar una imagen democrática que disipara las malas vibras del viejo autoritarismo.
Comencé a estudiar los procesos electorales que se verificaron en ese año en agosto y diciembre en nuestra entidad, que evidenciaron un avance espectacular del PAN, y más adelante analicé las elecciones federales y locales de 1994, que significaron una recuperación impresionante del PRI, gracias al “voto del miedo”. Con los resultados de mis pesquisas me presenté al VI Congreso Nacional de Estudios Electorales, organizado por la UAM-Iztapalapa y un puñado de investigadores que entonces se denominaban “Grupo Especializado en Estudios Electorales del Consejo Mexicano de Ciencias Sociales (COMECSO)”. Así me involucré en este agregado creciente de estudiosos, con los que pude tejer fuertes lazos de amistad. Recuerdo que mi ponencia primigenia se denominó “En Guanajuato se sintió el cambio: del verde al azul... y del azul al verde.”
Desde entonces no he faltado a ninguna de las citas anuales, e incluso me tocó la chamba de organizar dos de los congresos nacionales: el de 1996 en Guanajuato y el de 2003 en San Miguel Allende. Pero lo más interesante comenzó en 1998: sucedió que, luego de un intento infructuoso del COMECSO por desaparecer al grupo de estudiosos electorales, éste determinó constituirse en asociación civil y así lo formalizó el 10 de julio ante un notario público de la ciudad de Morelia. Firmamos el acta constitutiva los colegas Juan Reyes del Campillo, José Méndez Bravo, Jaime Rivera Velázquez, Adolfo Mejía González, Marina Garmendia Gómez, Rene Valdiviezo Sandoval, Juan Francisco Valerio, Javier Santiago Castillo, Ricardo Espinoza Toledo y el que escribe este diario de campo. Se conformaba así la SOMEE, independiente ya del COMECSO.
Al año siguiente tuve la suerte de participar en una de las primeras mesas directivas, presidida por Leonardo Valdés Zurita, entonces profesor de la UAM-Iztapalapa -y hoy de la Universidad de Guanajuato. Fui secretario de organización por cuatro años, y nos tocó la tarea de convertir a ese grupo de amigos en una asociación académica prestigiada que promoviese actividades durante todo el año, y así organizamos varios diplomados -algunos de ellos con el IEEG guanajuatense-, un concurso anual de tesis electorales, un premio anual a los notables de la democratización mexicana, un seminario nacional de estudios electorales en colaboración con el Colegio de la Frontera Norte en Tijuana -seminario que coordiné durante tres años-, publicaciones y otras actividades de carácter académico. El trabajo fue continuado por los siguientes presidentes de la SOMEE: Juan Reyes del Campillo y Pablo Javier Becerra.
Durante el pasado congreso en Guadalajara competimos nuevamente por la conducción de la asociación, pero en esta ocasión bajo el liderazgo de Ernesto Hernández Norzagaray, notable estudioso sinaloense. Obtuvimos el voto favorable de los colegas, y por ello me toca ahora participar en calidad de Secretario General de la SOMEE, lo que me llena de gusto. Nos espera el reto de organizar el XX Congreso Nacional el año próximo en Morelia, y el III Congreso Internacional en la ciudad de Salamanca, España, lo que representará todo un reto para una asociación mexicana. ¿Te interesa vincularte? Echa un ojo a la página electrónica: www.somee.org.mx

viernes, 16 de noviembre de 2007

México Unido

Hace diez años, un once de noviembre, se inauguró la asociación México Unido contra la Delincuencia como una reacción de sectores conscientes de la sociedad civil contra el ascendente clima de inseguridad y violencia social que privaba -y priva- en nuestro país. Fue una iniciativa surgida de un conjunto de víctimas directas de ese entorno violento, encabezadas por la señora Josefina Ricaño, madre de Raúl Nava, joven secuestrado y asesinado por el tristemente célebre “mochaorejas” el 6 de mayo de aquél año. Esa señora madre supo aglutinar en torno suyo a un grupo numerosísimo de atormentados ciudadanos, hartos de padecer la arbitrariedad del crimen impune y la corrupción cómplice de las autoridades de procuración e impartición de justicia.
México transitaba -y transita- por una profunda fase de anomia y patologías sociales -como las calificaría el sociólogo Durkheim-, producto de la acumulación de males por las crisis económicas en que se debatió este país en su difícil tránsito desde el autoritarismo de las presidencias imperiales, hacia nuevos estadios menos obtusos de desarrollo. La “docena trágica” de Echeverría y López Portillo, más la incapacidad de acción de De la Madrid, la corrupción neoliberal de Salinas y la estupefacción de Zedillo en su “error de diciembre”, condenaron a dos generaciones de mexicanos a vivir en el límite de la supervivencia física y la pobreza extrema. Fue entonces que se gestó el caldo de cultivo de la delincuencia, primero improvisada y de niveles básicos de violencia -raterillos, defraudadores, truhanes y asaltantes de verduguillo-, y luego la criminalidad organizada y de alto impacto, tanto en violencia como en conmoción social, con sus crecientes capacidades para la cooptación económica, corrupción de la autoridad, disposición de armamento y entrenamiento, y la progresiva sofisticación de sus acciones. La proverbial incapacidad de las corporaciones policiacas mexicanas, más la proclividad de jueces y magistrados a sucumbir ante cañonazos de billetes, asfaltaron el camino para la descomposición social e institucional.
La asociación civil es presidida ahora por María Elena Morera, esposa de Pedro Galindo, aquél secuestrado al que sus captores le amputaron tres dedos de cada mano para ser enviados como regalo macabro a su familia. Pedro fue rescatado por agentes de la AFI, lo que le hizo ser “afortunado” entre los que corren suertes similares. Muchos recordamos con escalofrío aquellos anuncios televisivos de México Unidos donde este pobre hombre ofrecía “echarles una mano” -y mostraba sus manos segadas- a las autoridades para ayudarlas a combatir la delincuencia. Y en efecto: todos lamentábamos -y lamentamos- la incapacidad de nuestros bien pagados funcionarios y nuestras ineptas policías para poner dique al aluvión de la violencia.
Y en Guanajuato se nos sigue vendiendo la idea de la ínsula barataria, la comarca pacífica y armónica donde no existe el crimen de alto impacto. Pero al mismo tiempo nos enfrentamos con bombazos del EPR, con cartuchos de dinamita abandonados en Celaya y ahora en Irapuato, con asaltos prohijados con armas largas, con atentados contra funcionarios y periodistas, con 46 aparentes ejecuciones en lo que va del año, con el mutis o el cantinfleo de autoridades de seguridad, e incluso con veterinarios metidos a secretarios del ramo -¿será porque los criminales deben ser tratados como animales?
¿Qué nos pasa?, se preguntaba en los ochenta el agudo comediante Héctor Suárez. Y los mexicanos simples nos lo seguimos preguntando veinte años después. No podemos renunciar a nuestro futuro como país, ni abandonarnos a la idea del destino manifiesto del fracaso nacional. La violencia social es el cáncer de las sociedades antiguas y modernas, pero su sofisticación y brutalidad han alcanzados los límites de la irracionalidad. Pero también hay que rechazar la violencia institucional, la del Estado; es decir no caer en el expediente fácil de tolerar la violación de derechos humanos con el pretexto de combatir la criminalidad. El Estado debe preservar el monopolio de la violencia legítima, la violencia legal, mas no aplicar el terrorismo oficial, que significa tirar el agua sucia junto con el niño.
México Unido no ha logrado sus metas, es cierto. Pero no ha sido por falta de voluntad o de asiduidad: es porque se enfrenta a un reto mayúsculo sin más armas que la buena voluntad, la terquedad del ciudadano ofendido y la aspiración a dejarles a nuestros hijos un mejor país... bueno, al menos como lo conocieron nuestros abuelos.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Memorias de la escritura

Poniendo en orden mis papeles -algo para lo que en raras ocasiones hay tiempo-, descubrí que con esta colaboración he acumulado 402 artículos publicados en periódicos estatales y nacionales desde que en 1981 me inauguré en esta afición. Creo que es un motivo suficiente como para compartir con los pacientes lectores cierto grado de satisfacción personal. Permítanme entonces jugar un poco con la memoria y las cavilaciones sobre estos 26 años de escribidor diletante.
Hace muchos años leía en una de las compilaciones de artículos periodísticos de Jorge Ibargüengoitia -creo que se trataba de sus Instrucciones para vivir en México-, que el llorado escritor había publicado más de 600 artículos durante los años sesenta y setenta, para el Excélsior. Su estilo me caló hondamente, aunque siempre supe que no debía imitarlo a riesgo de hacer el ridículo. Pero me entusiasmó la idea de imitar su asiduidad en mantener aceitada la pluma, y así poder emprender con más facilidad retos escritos más demandantes, como son los ensayos y artículos de fondo que se nos demanda a los académicos. En efecto, el resultado me ha resultado ampliamente benéfico: dos cuartillas a la semana ayudan muchísimo a hacer gimnasia escrita que mantiene el “tono muscular dactilográfico”.
Comencé a publicar en prensa gracias al apoyo de mi padre, don Isauro, quien me impulsó a hacerlo y me facilitó la entrada al limitado círculo de colaboradores que El Sol de León convocaba cada año a elaborar reseñas críticas de los eventos desplegados por el Festival Internacional Cervantino. En esa ocasión nos tocó cubrir el 9º FIC. Tímido, me inicié con un artículo dedicado a la cultura Chupícuaro, en referencia a una exposición del museo de la Alhóndiga. Como estudiante de antropología social, el tema me pareció de lo más adecuado para iniciar mis balbuceantes contribuciones. Había que publicar un artículo diario durante las tres semanas del festival, y en ocasiones me tocó echarles la mano a otros colaboradores más ocupados que yo, sirviéndoles de “negro” o ghost writer. Hubo días en que debí escribir hasta tres artículos; así de ganas tenía de publicar. Además del pago por artículo, uno recibía el estímulo de la acreditación de prensa para poder entrar gratis a cuanto evento se quisiera. Evidentemente había que asistir a tantos actos como textos a escribir, así que me la pasaba en conferencias, exposiciones y montajes teatrales, que eran mis actividades favoritas.
En 1986 recibí la invitación de colaborar, también durante el periodo de festival, para el suplemento cervantino del periódico Contacto de Guanajuato. Nuestro editor era el entonces muy chaval Juan Manuel Oliva Ramírez, jefe de información de la edición leonesa. Dos años participé con ese periódico, y aún conservo una carta de agradecimiento con que Juan Manuel acompañó la colección completa de suplementos que nos obsequió en noviembre de 1987, luego de 22 días de festival. Pronto inició el camino que le ha llevado a ser gobernador.
Durante un rato publiqué en el suplemento sabatino Bajo el Sol, de mi vieja casa en El Sol de León. También pude participar con algunas contribuciones a la sección de los estados del Excélsior, cooperativa que pronto entró en crisis. Pero fue sin duda con mi vinculación a El Nacional de Guanajuato, antecedente del medio que hoy da cobijo a esta columna, que pude establecer una base más estable para una participación más regular. Primero fue en la página educativa “Aula de los Lunes” (1987-1989), y luego en la "Revista Cervantina" que me permitió seguir asistiendo cada año a los eventos festivaleros como parte del staff de columnistas eventuales de ese periódico. Y desde 1993 ingresé en el cuerpo base de opinantes de El Nacional. Siempre le he agradecido a Arnoldo Cuéllar su hospitalidad en los medios que le ha tocado dirigir. Es el mejor líder informativo con que contamos en la entidad.
En 1994 Arnoldo y José Argueta arrancaron un interesantísimo proyecto de comunicación política: el Dossier político de El Nacional, que aglutinó a muchas buenas plumas analíticas del estado hasta 1997, cuando se canceló. Pero pudimos pasar a la báscula a muchos políticos locales y nacionales, y ensayar colectivamente lo que es escribir sin ambages sobre tópicos de alta sensibilidad para la clase política. Por supuesto el medio, por su origen, favorecía una visión opositora al panismo gobernante, pero algunos panistas heterodoxos nos acompañaron en la aventura -Juan Miguel Alcántara, Fermín Salcedo.
Con el nacimiento de Correo en 1998, mi experiencia como opinante habitual se ha estabilizado gracias al clima de libertad que se ha robustecido en este nuevo recurso de comunicación impresa. 225 de mis artículos han sido alumbrados por este medio. Por eso no puedo dejar de reconocer la suerte de este Diario de Campo y la buena voluntad de mis compañeros de viaje en este tabloide, que han enriquecido la comunicación interregional de Guanajuato. Gracias.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Día de Muertos

El título de esta colaboración parecería sugerir que es mi deseo abordar el tema del día: la conmemoración de los fieles difuntos. En efecto es así, pero con referencia especial a un tipo de fenecidos que hipócritamente nos place ignorar dentro de nuestro imaginario burgués: los paisanos, los trabajadores emigrantes que desde hace más de una década años fallecen rutinariamente en la frontera de la muerte que separa a México de los Estados Unidos. Un promedio mortal de un migrante al día es el precio que cobra el confín de nuestro país, zona que atestigua un flujo humano irrefrenable que pone en evidencia nuestro fracaso como país, incapaces como somos de generar las oportunidades que se merecen los jóvenes productivos que se nos escapan.
En la práctica, la frontera binacional se ha convertido en una zona de muerte desde que comenzó la polémica “Operación Guardián” -Gatekeeper- en la frontera californiana en octubre de 1994, hace 13 años, seguida por sus émulos: las operaciones “Interferencia” y “Salvaguarda” en Arizona, y “Río Grande”, en Texas. En esos años se acumularon cuatro mil muertes de trabajadores mexicanos y centroamericanos, que han dejado la existencia en su intento por alcanzar el fatuo “sueño americano”. Docenas de organizaciones civiles de ambos países denuncian sistemáticamente los abusos, las vejaciones y la violencia que se ejercen contra los trabajadores migratorios que intentan atravesar la frontera por los espacios más seguros y habitados (Tijuana-San Diego, Nogales, El Paso-Juárez, los Laredos). Ahora esos cruces son prácticamente impenetrables para los indocumentados debido a la inversión de miles de millones de dólares en nuevo y sofisticado equipo, el reclutamiento de 14 mil agentes fronterizos -la Border Patrol es la agencia policiaca federal más numerosa de los EUA-, y demás medidas de disuasión y persecución. Ahora que acabamos de salir de la temporada de calores extremos y lluvias abundantes, habrá que hacer el balance de cuántos aspirantes a trabajadores visitantes dejaron su existencia ahogados por el desierto o el río, asaltados por los maleantes, abandonados por los polleros o sencillamente asesinados -¿cómo saberlo? Estos pobres congéneres, hombres mujeres y niños, pasan a engrosar una fría estadística que las asociaciones de protección a paisanos han querido evidenciar con la exhibición sobrecogedora de cruces de madera clavadas en la valla metálica binacional.
¿Cuántos de estos muertos son guanajuatenses? Los medios impresos locales se han ocupado desde hace algunos años de documentar y dar seguimiento a casos particulares de paisanos que han sufrido este cruel destino. El detalle a nivel familiar es sobrecogedor y terriblemente emotivo. Madres y padres que pierden a alguno de sus hijos; hijos que quedan sin padre o madre; esposas precozmente viudas; hermanos, parientes, amigos que lloran por ese, por esa, que no volverá.
Es difícil conseguir datos fidedignos para poder ofrecer una idea de la magnitud de este fenómeno trágico, particularmente en lo que se refiere a los estados. Hace un par de años tuve la fortuna de obtener, gracias a la cortesía del entonces delegado de la Secretaría de Relaciones Exteriores, el embajador Eleazar Ruiz, algunos datos muy valiosos. Supe así que más o menos se conocen las causas de los 247 decesos de migrantes guanajuatenses que se acumularon en los años 2002 (55 muertes), 2003 (89) y 2004 (103). Los accidentes de auto son la principal cause de muerte (21.6%), y está muy vinculada a la carencia de cultura vial de parte de los paisanos -como es evidente al circular por nuestras carreteras nacionales. Le sigue la deshidratación (18.3%), que está vinculada directamente con el intento de cruce de la frontera. Las inquietantes categorías de “Otros” (19.5%) y “Se desconoce” (18.7%) acumulan más de la tercera parte de las muertes, lo que deja la impresión de que muchos decesos no son suficientemente investigados. Tampoco se entiende la categoría de muertos por “enfermedad” (10.4%) por su ambigüedad. Los infartos y los asesinatos empatan en la misma proporción: 5.8% casa uno, pero estoy seguro de que muchos homicidios se ocultan detrás de aquél tercio de categorías inciertas.
Sencillamente cada año, en noviembre, el luto cubre a alrededor de un centenar de familias guanajuatenses que han perdido en el año a alguno de sus miembros en la aventura del cruce. Como ser humano, este drama me conmueve; como académico me convoca a conocer sus entrañas. Afortunadamente un colega antropólogo de la Texas Christian University, el doctor David Sandell, está desarrollando desde hace tres años un proyecto de investigación vinculado al duelo de estas familias acongojadas, en la comunidad de Chichimequillas. Es un acercamiento a la antropología de la muerte y la tanatología que mucho nos dirá cuando vea su publicación. Entretanto, acompañemos a los deudos de esta, nuestra tragedia nacional.