viernes, 25 de abril de 2008

Tortícolis de la izquierda

La izquierda política mexicana sufre en estos días males que nos mantienen mortificados a los ciudadanos comunes, en particular a los sin partido. El principal instituto político, el PRD, nacido en 1989 de la voluntad de múltiples fuerzas progresistas unidas por el deseo de consolidar la democracia política en nuestro país –aspiración que les había unido fugazmente a sus rivales de la derecha durante las elecciones fraudulentas de 1988-, atraviesa por una adolescencia dolorosa y cargada de contradicciones internas. Por su parte el novel partido Alternativa Socialdemócrata, heredero de los malogrados México Posible y PDS, transita por pugnas y purgas que le han tumbado secciones de su apelativo: ya se desprendieron de su original epíteto campesinista, y pronto dejarán de ser “alternativa”, para limitarse a su componente socialdemócrata. Alberto Begné se alza como nuevo dueño de la franquicia, y envía señales de un colaboracionismo que se anuncia como la nueva marca de la casa.
Los movimientos de izquierda en México no han podido desprenderse de su viejo afán corporativista y caudillista. No ha habido una modernización de corte liberal que conduzca a la izquierda por los caminos ya transitados por los partidos socialistas de Europa y América Latina. El mesianismo se ha mantenido incólume gracias a figuras como Cuauhtémoc Cárdenas antes y hoy con AMLO. Ambos personajes construyeron movimientos en torno suyo que en su tiempo rebasaron a los partidos tradicionales: el Frente Democrático Nacional en 1988 y la Alianza por el Bien de Todos en 2006; pero ambos fallaron en su intento por traducir sus efímeras convocatorias en corrientes permanentes y pujantes que construyesen ciudadanía a partir de la concientización. AMLO, por ejemplo, le ha apostado a la movilización permanente, pero con el costo de un desgaste social que resultará en extremo costoso para los partidos que conforman el Frente Amplio Progresista.
El PRD se desgarra internamente, al mismo tiempo que hacia el exterior protagoniza uno de los ataques más feroces a la institucionalización de la democracia nacional. La toma de las tribunas parlamentarias ha colocado a ese instituto en un peligroso brete: asume la defensa de un bien público estratégico como el petróleo, pero al mismo tiempo debilita el aparato estructural que posibilita el debate pacífico y civilizado de los grandes problemas nacionales. Para defender a la democracia, se ataca a la democracia. Y a todo esto se une el inasible asunto de la frustrada renovación de la dirigencia nacional de ese partido, que en los hechos se está traduciendo en el germen de una eventual secesión de sus dos corrientes principales: la fundamentalista y la colaboracionista.

En Guanajuato la situación nacional tendrá repercusiones insospechadas. La renovación de la dirigencia estatal perredista sólo fue posible gracias al amplio margen de victoria del candidato de Nueva Izquierda y de Jesús Ortega, el prudente profesor Miguel Alonso Raya. Los “colaboracionistas” son mayoritarios por estos lares. Y no es de sorprender: los guanajuatenses de todos los partidos se han distinguido históricamente por su desarrollado gusto por la política “de cámara”, en corto, negociadora, y su rechazo de las vías coercitivas o violentas. No es extraño que en estos momentos sea un guanajuatense, el senador Carlos Navarrete, el único que ha sido capaz de debatir enérgicamente con AMLO sobre los recursos heterodoxos que el FAP ha aplicado para presionar en ambas cámaras legislativas. Es muy encomiable su afirmación emitida ante el líder moral: [Andrés,] "yo sí creo en la vía parlamentaria", para luego remachar con una profesión de fe democrática: “no creo que el debate político sea una pérdida de tiempo, no creo que podamos transformar al país así. Debatamos". (El Universal, nota de Jorge O. Ochoa, 24/abril/2008)

Existen muchos demócratas por convicción en las líneas de la izquierda nacional, ejemplificadas por Navarrete. Ellos reconocen que el camino de la modernización de las auténticas fuerzas progresistas transita por el parlamentarismo respetuoso. Pero mucho me temo que sean amordazados por sus oponentes internos, los telúricos habitantes de la sinrazón autoritaria.

viernes, 18 de abril de 2008

¿Estudiantes o terroristas?

Es un hecho: son indignantes para la comunicad universitaria nacional –y no sólo para la UNAM, la mejor universidad del mundo hispánico- los radicales y falaces comentarios que profirió el presidente colombiano Álvaro Uribe este miércoles pasado, en plena cumbre de Cancún del World Economic Forum. El obtuso mandatario colombiano afirmó con una convicción digna de mejores causas que los cinco chicos mexicanos, estudiantes todos, eran terroristas, basándose en el hecho circunstancial de encontrarse conviviendo con los guerrilleros de las FARC. Es el razonamiento más pedestre que pudo haber dado, basado en el dicho de la abuela: “dime con quién andas y te diré quién eres”. Falaz y adelantado juicio desde el abuso del poder.
No se puede justificar un asesinato artero como el cometido por el ejército colombiano contra los guerrilleros y sus visitantes, que violó el precepto más elemental del derecho internacional, el de la inviolabilidad de los territorios soberanos. Mucho podremos convenir sobre las FARC: que son violentos, que son secuestradores, que se financian con el impuesto al narcotráfico, etcétera. Pero por muy malosos que puedan ser estos presuntos delincuentes, no es razón para masacrarlos a la distancia cobarde que permite la tecnología armamentista gringa. Es evidente que el campamento se ubicaba en una zona que debía ser considerada como un santuario neutral, dado su carácter de territorio de una nación vecina y soberana. Fue un paso peligrosísimo el que dio el gobierno colombiano: a partir de ahora cualquier ataque artero de una nación contra otra podrá encontrar un antecedente justificativo en este episodio.
Cinco jóvenes mexicanos se contaron entre el par de docenas de víctimas. Los cinco habían acudido, tal vez imprudentemente, a tener un contacto personal con los integrantes de la última gran guerrilla latinoamericana. No dudo un segundo que los muchachos simpatizaran activamente con las causas izquierdistas defendidas por las FARC, y tampoco dudo que hayan discutido la posibilidad de convertirse en activistas a su regreso a México, si es que no lo eran ya. Pero de ahí a concluir que por su presencia física en el campamento ya podían ser considerados criminales o “terroristas”, es un salto mortal que no resiste un análisis sereno.
En todo esto hablo por mi propia herida. Yo me siento identificado con los chavos sacrificados o heridos porque también he tenido la chance y la curiosidad de acercarme a grupos sociales conflictivos, incluso delincuenciales. Como estudiante de antropología social a fines de los setenta, y al igual que muchos compañeros de filosofía, ciencia política, sociología o artes, realicé varias estancias por periodos prolongados entre los conjuntos más jodidos de nuestra sociedad: indígenas, campesinos, trabajadores manuales, marginados, precaristas y demás. Para hacer mi tesais de licenciatura, por ejemplo, viví por siete meses en una comunidad zapoteca de Oaxaca donde el cultivo más redituable era la mariguana. El pueblo era refugio de criminales y matones, pues ahí no entraba la judicial ni por asomo. Conviví con muchos “delincuentes” en ese periodo: los entrevisté, les tomé fotos, rescaté sus historias de vida y con ello construí un documento absolutamente académico. Ahora pienso que si se hubiese realizado una redada policial en el pueblo, de seguro yo hubiera estado entre los detenidos. ¿Qué más sospechoso que un chavo güerito y barbón, que hacía preguntas incómodas y tomaba muchas notas? La procuraduría estatal me habría acusado de “narcotraficante” o algo peor, y capaz de que el sistema judicial oaxaqueño, tan corrupto, me habría recetado un lustro de encierro en sus mazmorras. No fue así por pura suerte. Hoy conservo mis amigos y compadres del pueblito oaxaqueño, y creo que ya le bajaron al cultivo de mota. Ahora son las hojas verdes de los dólares norteños lo que les permite sobrevivir.
Las universidades tienen la obligación de provocar el pensamiento crítico. Los buenos estudiantes nunca son conformistas, sino cuestionadores. Las expediciones como la que armaron los chavos acelerados de la UNAM son consecuencia del éxito en la formación de ciudadanos integrales y activos. Fueron a la selva a testimoniar la realidad de las FARC, para formarse un juicio propio. Pero tuvieron mala suerte. Mi solidaridad con sus familias.

viernes, 11 de abril de 2008

El IGECIP y la reforma electoral

Los medios de comunicación han reseñado cómo la Comisión de Asuntos Electorales del Congreso del Estado ha realizado mesas de trabajo sobre la reforma electoral por venir. Los integrantes del Instituto Guanajuatense de Estudios y Ciencias Políticas (IGECIP) hemos sido convocados a participar, al lado de los representantes de los partidos políticos y los propios diputados de la comisión. Desgraciadamente no ha habido intervención de otras organizaciones de la sociedad civil que pudieran estar interesadas en expresar sus opiniones. Mucho me hubiera gustado ver por ahí a los integrantes de “Propuesta Cívica, APN” –David Herrerías, Alfonso Machuca-, que públicamente han manifestado sus opiniones sobre el mismo tópico de la reforma. Pero no es demasiado tarde para abrir los debates a más representantes de la sociedad organizada. Los diputados locales, en particular el presidente de la comisión Ramón Rodríguez, han mostrado gran sensibilidad ante nuestras propuestas, y somos optimistas –sensatamente optimistas sobre la posibilidad de que algunas de nuestras propuestas, sobre todo las más trascendentes, puedan ser recuperadas en el cuerpo de la reforma inminente.
Contra lo que han insinuado algunos opinadores, el IGECIP es una agrupación de carácter cívico y académico, sin vínculos partidistas ni con grupos de poder. Se formalizó como asociación civil el 26 de febrero de 2003 ante el notario público número 83 de la ciudad de León. Su acta constitutiva dice que su propósito es “el estudio científico del comportamiento del ser humano frente al Estado de Derecho y el poder político”. Además el instituto “no pertenecerá ni favorecerá ninguna postura de partidos políticos”. El primero de sus objetivos es “fomentar y realizar investigación, enseñanza y práctica de la Ciencia Política y Social”. Su primer presidente fue Ernesto Arrache Hernández, a quien le tocó la dura tarea de aglutinar un conjunto variopinto de estudiosos con visiones contrastantes sobre el quehacer político, pero unidos por el deseo honesto de conocer mejor la dinámica de nuestras diferencias y la posibilidad de establecer diálogos respetuosos e informados sobre las alternativas dentro de la diversidad. Eso nos atrajo a muchos colegas, entre ellos el propio Leonardo Valdés Zurita, hoy presidente del IFE.
A fines de enero pasado el IGECIP mudó su presidencia, y ahora es conducido por Juan Miguel Alcántara Soria. Con su liderazgo el instituto pudo atraer a más estudiosos, algunos de ellos políticos en activo o en la banca. Hay que mencionar que existe un procedimiento para la admisión de nuevos asociados, donde se pondera sobre todo la actividad académica y la evidencia de reflexión escrita sobre nuestra materia.
La propuesta presentada ante el Congreso sintetiza los puntos de vista expresados por los integrantes más activos del instituto. Es seguro que no todos sus miembros están de acuerdo en todos los puntos, pero sí en los fundamentales. Sobre la reforma hemos insistido en algunos aspectos medulares, que me gustaría compartir con los lectores: 1) exclusión del ejecutivo del estado dentro del proceso de selección de consejeros y magistrados electorales, a la par del resto de entidades del país y la federación; 2) profesionalización del órgano de gobierno del Instituto Electoral del Estado de Guanajuato, avanzando a la figura del consejero electoral de tiempo completo; 3) incorporación del Tribunal Electoral al Poder Judicial del estado como tribunal especializado; 4) evitar la sobrerrepresentación de los partidos mayoritarios que se produce cuando se les asignan las dos curules que originalmente se reservan a los partidos que obtengan entre 2 y 3% de la votación; 5) garantizar que la redistritación sea obligatoria cada diez años, y que sea responsabilidad exclusiva del órgano electoral, sin la intervención del Congreso del Estado, para que su conformación sea asunto meramente técnico, no político; 6) revisar el número de diputaciones de representación proporcional, de tal forma que se garantice la equivalencia de votos y curules; 7) abrir al análisis y al debate la petición de grupos de migrantes guanajuatenses sobre la posibilidad del voto a distancia; 8) abrirse a la posibilidad de aplicar las nuevas tecnologías y modalidades para el sufragio voto electrónico, centros de votación, voto adelantado, etcétera ; 9) reforzar los mecanismos de transparencia y acceso a la información del instituto y el tribunal electorales; 10) armonizar el proceso electoral estatal con el federal en todas sus etapas y actividades, con el propósito de homologarlos y facilitar la integración de una sola mesa de casilla ampliada, con dos escrutadores adicionales para el escrutinio y computo de las elecciones locales; 11) establecer mecanismos ágiles para denunciar actos u omisiones violatorios de la ley por parte de funcionarios electorales; y otras propuestas menores, todas ellas con el objetivo de poner al día la anquilosada legislación electoral de Guanajuato.

viernes, 4 de abril de 2008

Antonio Corona, in memoriam


El viernes 7 de marzo pasado falleció en la ciudad de México uno de los más destacados histriones que ha generado el Teatro Universitario de Guanajuato: Antonio Corona Chávez. Murió en la ciudad de México, donde había nacido el 19 de marzo de 1930. Los que tuvimos la suerte de conocerlo y apreciar su jocoso y ácido temperamento hemos lamentado mucho su fallecimiento, precedido por una larga y dolorosa enfermedad. Fue uno de los mejores amigos de mis padres –fue su padrino de bodas y una presencia familiar.
Antonio nunca hubiera querido que se hiciera pública su edad. Ya con esto comienzo mal este artículo. Pero es necesario destacar que su fructífera vida no fue lo larga que muchos, él por supuesto, hubiéramos querido. El talento merece vivir por siempre. Yo me siento comprometido, gustosamente, a publicar algunas líneas sobre su persona, que me acompañó desde que tengo memoria, aunque sea de manera físicamente lejana. Tuve la suerte, junto con Ernesto Camarillo, de hacerle una larga entrevista en su departamento de la colonia Nápoles un año antes de su partida. Con algunos de esos datos, más otros que me facilitó mi padre, pude armar este breve homenaje póstumo.
Antonio fue hijo del prominente abogado Luis Corona, quien había sido el agente del ministerio de público en el proceso contra León Toral, el asesino de Obregón, y más tarde sería ministro de la Suprema Corte de Justicia. La familia era de prosapia abogadil, y por ello hubo presión para que Antonio siguiera ese camino. En 1952 se vino a vivir a Guanajuato con la intención de estudiar Derecho en nuestra universidad, pero nunca terminó la carrera. Antonio ya había intuido su verdadera vocación escénica gracias al maestro Enrique Ruelas, pues en la ciudad de México ya había podido asistir a la puesta en escena de El Emperador Jones de O’Neill y Muertos sin sepultura de Sartre. En Guanajuato pudo experimentar sus verdaderas dotes para las tablas gracias a su intervención en varios montajes para el Teatro Universitario. Participó en el estreno de los Entremeses Cervantinos en 1953, aunque en el humilde papel mudo del licenciado Vidriera. De ahí fue ascendiendo a papeles cada vez más importantes. A partir de entonces se involucró en la mayoría de los montajes de Ruelas, hasta convertirse en uno de los actores más aclamados, con representaciones que pronto fueron célebres, como su espléndido papel de “Cebadón” en “Pagar y no pagar” de Los Pasos de Lope de Rueda, o el jocoso Corregidor de El Retablillo Jovial, de Alejandro Casona. También participó actoralmente en Por Insigne y Real Merced de Alberto Ruiz Gaitán, La Soga y Luz de gas de Patrick Hamilton, Edipo Rey de Sófocles, Volpone de Ben Jonson, y A ninguna de las tres de Fernando Calderón. Ocho años invirtió Antonio Corona en su periplo dentro del Teatro Universitario guanajuatense, pero dejó recuerdos imborrables entre sus compañeros y maestros.

A principios de los sesenta regresó al DF, donde continuó su carrera actoral, becado por Bellas Artes gracias al escritor Celestino Gorostiza, directivo de la Unión Mexicana de Autores. Participó en el montaje de El Color de Nuestra Piel, de Gorostiza, compartiendo créditos con Carmen Montejo. Continuó sus estudios en Bellas Artes, con maestros como Carlos Ancira, Salvador Novo, Fernando Wagner, Alejandro Jodorowski y otros. Él opinaba que Carlos Ancira, Ignacio López Tarso y Héctor Gómez han sido los mejores actores de México.


Trabajó con tres grandes actrices: Carmen Montejo, María Douglas y Beatriz Aguirre. Con la primera coactuó en El Color de Nuestra Piel, Cada quien su vida de Luis G. Basurto, Función de despedida de Usigli, y otras. Con María Douglas trabajó en las obras Deseo bajo los Olmos de O’Neal, Escenas de Un tranvía llamado Deseo de Tenesse Williams, Escenas de Medea de Jean Anouil, y Las Tentaciones de Santa María Egipciaca de Miguel Sabido, con una adaptación de Mauricio Magdaleno. Con esos montajes recorrieron toda la república. Incluso se presentaron ante las Naciones Unidas en Nueva York, gracias a una invitación del secretario general U-Thant.
El actor Héctor Gómez, con quien había coactuado en 1971 en la representación de Juana de Arco en el Castillo de Chapultepec, lo invitó a participar en 1995 en los homenajes a los grandes autores y directores de teatro en México, incluyendo a Enrique Ruelas. Desde entonces ya no volvió a presentarse en escena.
También fue un excelente pintor y dibujante en tinta china. Montó varias exposiciones con sus obras, inclusive en Guanajuato. Tenía ya varios años retirado, solitario y nostálgico en su barroco apartamento, donde conservaba como objetos preciosos la calavera del Cebadón, su colección de ranas y demás parafernalia cuevanense. Adiós Antonio; descansa en paz.