viernes, 21 de noviembre de 2008

Décimo aniversario de la SOMEE

La semana pasada no pude contribuir con esta columna semanal porque debí participar durante cuatro intensos días en el XX Congreso Nacional de Estudios Electorales, que se desarrolló en Morelia. Los que conocen mis intereses y actividades, sabrán que cada año acudo a este encuentro académico, y lo he hecho desde 1994. En ese año me vinculé con el llamado Grupo Especializado en Estudios Electorales del Consejo Mexicano de Ciencias Sociales (Comecso), que entonces lideraba un joven profesor de la UAM-Iztapalapa: Leonardo Valdés Zurita, hoy consejero presidente del IFE. Ese grupo promovió lo que entonces se denominó VI Encuentro Nacional de Investigadores en Estudios Electorales, y se realizó en la hermosa Casa de la Primera Imprenta de América en la esquina de Primo Verdad y Moneda, en el centro de la ciudad de México. La UAM mantiene un centro cultural en ese hermoso rincón de la capital. Creo que acudimos unos 60 académicos de buena parte del país, aunque aún predominaban los defeños, y sobre todo los uamitas. Fue ahí donde me vinculé con Leonardo, Juan Reyes del Campillo, Javier Santiago, Ricardo Espinoza, Mario Alejandro Carrillo, Murilo Kushick, Ma. Eugenia Valdés y otros profes de la UAM, de donde yo mismo había egresado en 1982. Pero también participaban analistas provincianos como René Valdiviezo de la BUAP, Jaime Rivera de la UMSNH, Marina Garmendia de la UABCS, Efraín Poot de la UAY, Lilia Venegas del ITESM, Francisco Muro de la UAZ, Lourdes Pacheco de la UColima, Pablo Vargas de la UAEH, Ernesto H. Norzagaray de la UAS, y otros.
Era natural que una buena parte de los especialistas en los tópicos electorales fueran profesores de la UAM-I. El área de procesos políticos del Departamento de Sociología de esa universidad cultivaba desde pocos años antes una línea especifica de investigación electoral que produjo importantes resultados, tanto en la conformación pionera del Centro de Estadística y Documentación Electoral (CEDE), un espacio de acopio de fuentes primarias de información para la investigación; como la realización del Diplomado en Estudios Electorales, que hasta la fecha se sigue impartiendo en varias entidades de la república -en Guanajuato se dictó en dos ocasiones.
Tanto la UAM en sus unidades Iztapalapa y Xochimilco, como la UNAM en sus facultades de Ciencias Políticas y Sociales, la de Derecho, y el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades, han sido los espacios que desde los años sesenta -la UNAM- como los ochenta -la UAM- dieron origen a los primeros estudios de carácter sociológico y científico de la dinámica electoral mexicana. Los “electorólogos” reconocemos a don Pablo González Casanova como el pionero de este campo; su simiente fue recogida por sociólogos, abogados, psicólogos sociales, antropólogos, historiadores e incluso por profesionales de las ciencias naturales. El grupo especializado de Comecso, que nació hace 22 años, fue el aglutinante de muchos de ellos, y pronto rebasaron a la matriz que les dio origen. En 1998 el Comecso quiso desaparecer al grupo, y los integrantes del mismo decidimos constituirnos en asociación civil. Para ello fuimos auxiliados por el entonces magistrado presidente del Tribunal Electoral de Michoacán, don Adolfo Mejía González, el joven abogado José Méndez Bravo y nuestro colega Jaime Rivera Velázquez, quien se constituyó en el primer presidente de la naciente Sociedad Mexicana de Estudios Electorales A.C. (SOMEE). Otros firmantes del acta constitutiva del 10 de julio de 1998 fuimos Juan Reyes del Campillo, Marina Garmendia, René Valdiviezo, Francisco Valerio, Javier Santiago Castillo, Ricardo Espinoza Toledo y yo mismo. Eso fue hace diez años, y por ello decidimos dedicar este vigésimo congreso a conmemorar en el mismo lugar donde nació la asociación, en la bella -y sufrida- ciudad de Morelia. Otra vez el tribunal estatal nos ayudó, pero ahora contamos con importantes apoyos del IFE -gracias a Leonardo-, el TRIFE -gracias a la magistrada Alanís-, el Instituto Electoral de Michoacán –gracias a su presidenta Ángeles Llanderal-, el Centro de Investigación para el Desarrollo del Estado de Michoacán -gracias a nuestro colega y exmiembro de la SOMEE Guillermo Vargas Uribe-, y por supuesto con el apoyo indispensable a la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo -gracias a los doctores Héctor Chávez y Héctor Pérez, del Centro de Investigaciones Jurídicas, quienes fueron los eficientes organizadores.
Se inscribieron ahora casi 250 ponentes, que presentaron 200 ponencias en once prolongadas mesas temáticas, que requirieron del uso de seis espacios simultáneos, casi todos ellos en el Centro Cultural Universitario. Por supuesto, destacó el tema de las reformas electorales federal y locales, que han provocado tanto debate en este año que termina. Leonardo Valdés nos brindó una amena y poblada conferencia magistral en el Congreso del Estado, y no pudo dejar de hacer referencia a sus vínculos con nuestra asociación. También nos acompañó nuestro querido amigo y también electorólogo Marco Antonio Cortés, hoy Rector General de la Universidad de Guadalajara. Y culminamos con una incisiva conferencia de José Antonio Crespo, colega y celebridad. Para concluir, vale la pena mencionar que los diputados locales michoacanos solicitaron consejo a la SOMEE para definir una reforma electoral local de avanzada. Ojalá esa fuera la actitud de otros congresos locales.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Bajas de guerra

Los lamentables fallecimientos del joven secretario de gobernación, Juan Camilo Mouriño; el recién estrenado secretario Técnico de la Comisión de la Reforma Penal, José Luis Santiago Vasconcelos, y los otros funcionarios y trabajadores de la Secretaría de Gobernación, ha significado un shock que será difícil de asimilar para la sociedad mexicana. Cuando oí la noticia de la voz de mi esposa, me encontraba concentrado en la elaboración de un informe urgente. No dí crédito: me sentí pasmado y opté por abandonar el informe. Encendí la radio y para mi asombro se confirmó lo que en un primer momento creí que era un posible rumor. Estoy seguro de que esa misma sensación fue la que experimentamos muchos de los mexicanos que nos manteníamos informados sobre las urgencias que atendía esa secretaría, sobre todo en materia de seguridad, pues se acercaba el plazo perentorio marcado por el gobierno federal para reportar avances sustantivos en el combate a la delincuencia organizada.
Por supuesto que todos pensamos de inmediato en que se trataba de un evidente ataque de los criminales que han mantenido en jaque al Estado mexicano desde hace casi dos años. Me imaginé que los embates de Morelia y este “atentado” estaban relacionados. También quise ver algún vínculo entre este suceso y la muerte del exsecretario de Seguridad Pública, Ramón Martín Huerta, sacrificado en circunstancias que se parecen en demasía a las que ahora vemos. Ni modo: los mexicanos somos asiduos creyentes en las conspiraciones. Pero no se nos puede culpar porque un ligero vistazo a la historia nacional nos exhibe múltiples ejemplos de “accidentes” que resultaron demasiado convenientes para algún actor político o social interesado. Como somos herederos de una larga travesía de impunidades y sucesos nunca clarificados a cabalidad, no es inexplicable que nos prestemos a las teorías más arcanas sobre maquinaciones y confabulaciones que se esconden detrás de los sucesos de alto impacto.
Conforme se han dado a conocer más detalles, parecería afianzarse la hipótesis del accidente. Sin embargo, el propio presidente Calderón en su mensaje del martes fue en extremo cuidadoso en la selección de los términos con los que se refirió al suceso: “desgracia”, “percance” y otros que transparentaron su voluntad de no eliminar ninguna alternativa, incluida la del atentado. Fue el secretario Luis Téllez el primero en referirse al hecho como un “accidente”, apenas un día después del mismo.
Al escuchar la grabación que compartió el secretario de Comunicaciones con el público nacional, llama mucho la atención que los pilotos no reportaran emergencia alguna. Me parece que ese es un primer indicio de que el evento tuvo un desenlace abrupto, instantáneo y posiblemente provocado. No es creíble que un avión moderno, con 10 años de uso, se venga abajo así nomás. No había mal tiempo, ni vientos, ni obstáculos a la visibilidad. Se nos ha informado que el avión se encontraba dando el último viraje para atacar una pista del aeropuerto de la ciudad de México, y que estaba cumpliendo estrictamente las instrucciones del personal controlador de vuelos. ¿Entonces qué pasó?
Mi temor es que pronto se aduzca la explicación más facilona en estos casos: “fue un error humano”, nos dirán. Es decir, que el piloto se confundió, se norteó, se ofuscó, o tal vez estornudó sobre los controles y desquició el sistema electrónico. Con la tecnología que cargan esos jets modernos, dudo mucho que el elemento humano sea causa fundamental de estos “accidentes”. O bien dirán que fue un error en el mantenimiento, que un mecánico olvidó apretar la tuerca fundamental del sistema de viraje de las alas, y a lo mejor por eso “se reventó el chicote” que las controla. No me estoy pitorreando: lo digo en serio. Tengo la sospecha de que se nos dará una explicación absurda, pues de lo que se trata es de atajar los rumores y preservar la imagen de los altos funcionarios como intocables para el crimen organizado.
Al mismo tiempo, a diario conocemos de la acumulación de asesinatos de servidores públicos de menor nivel relacionados con la seguridad pública: directores, comandantes, agentes, que son masacrados por pistoleros armados hasta con lanzagranadas. Ellos reciben una muerte menos glamorosa, pero igual de deplorable e injusta. Es posible que las muertes de aquéllos funcionarios no se sumen a la enorme lista de bajas en esta guerra, pero no puedo dejar de pensar que ellos también fueron sacrificados en batalla.