viernes, 19 de diciembre de 2008

El IFE y sus distritos

Durante el guadalupano 12 de diciembre pasado, se instalaron formalmente los catorce consejos distritales del IFE en la entidad. Son órganos que se integran por siete consejeros electorales, los representantes de los ocho partidos que contenderán el 5 de julio que viene, el vocal secretario y los vocales ejecutivos de capacitación, de organización y del registro federal de electores. Los consejeros presidentes cumplen el doble papel de líderes de los consejos y conductores del área operativa dentro de sus distritos. A pesar de que se trata de un organismo que involucra a un máximo de 19 personas, sólo los siete consejeros tienen voz y voto; el resto sólo voz. Con esta fórmula el IFE ha podido garantizar el equilibrio y la independencia de sus 300 consejos distritales y 32 locales.
La distritación electoral de nuestro país va de la mano con la necesidad de que cada demarcación involucre a un número más o menos equivalente de ciudadanos. Cada vez que se cuenta con nueva información del censo de población, se emprende una redistribución de las secciones –de 1,500 votantes o menos- y de los distritos, como ocurrió en 2005. Por ello en Guanajuato pasamos de tener 13 distritos en las elecciones de 1994, a 15 distritos en las de 1997, 2000 y 2003, y de regreso a 14 en los comicios de 2006. Esto porque nuestra entidad ganó población en los años ochenta, pero luego ha venido perdiéndola a lo largo de los noventa y la presente década del siglo XXI. La razón principal es la migración y el decremento de la fecundidad. La cuestión es que al mes de noviembre de este año Guanajuato cuenta con 3 millones 752 mil 435 ciudadanos en el padrón electoral. Es de hacer notar que poco más de 160 mil de esos electores son jóvenes de 18 y 19 años que recién han adquirido su credencial para votar.
Los consejos distritales tienen como funciones vigilar la insaculación de ciudadanos que integrarán las mesas directivas de casilla; seleccionar a los supervisores y capacitadores electorales; capacitar a los ciudadanos insaculados; supervisar la instalación y ubicación de las casillas; hacer el acopio de material electoral; participar en el cómputo de las actas y, en su caso, abrir paquetes electorales y hacer recuento de votos. Pero ante la reforma electoral federal del 13 de noviembre del año pasado, los consejos distritales y locales del IFE asumen nuevas responsabilidades: deberán también recibir, sustanciar y resolver las quejas relacionadas con conductas referidas a actos anticipados de precampaña y campañas, así como las que atañen a la propaganda política o electoral impresa, pintada en bardas o cualquier otra diferente a la transmitida en radio y televisión. Esto en palabras del consejero presidente Leonardo Valdés, pronunciadas en un mensaje televisivo de bienvenida trasmitido a los consejos distritales al día siguiente de su instalación.
El día de ayer realizamos en la ciudad de Guanajuato un encuentro estatal de los 90 consejeros electorales del IFE, más los 15 consejeros presidentes. Fue una jornada intensa, que se caracterizó por las inquietudes que despiertan las nuevas obligaciones. También causó entusiasmo la buena noticia de que en esta ocasión nos vamos en casilla única con el IEEG, y que se está construyendo una relación más productiva y pareja entre ambos institutos, tal vez gracias a la renovación de las dirigencias en ambos. No todas las dudas pudieron ser despejadas, pero nos queda el consuelo de que ahora deberemos establecer precedentes y criterios, que sólo el tiempo y el consejo general nos permitirán evaluar en su validez. Al tiempo.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Los Estados nacionales y el Sistema-mundo

La semana pasada participé en un congreso de estudiantes de ciencia política en la Universidad del Centro de México en San Luis Potosí. Se me ocurrió darle a mi alocución el pretensioso título de “El estado nacional contemporáneo frente al nuevo federalismo y las regiones: tensiones y digresiones en tiempos de globalización”. Juzgué importante debatir con esta joven generación de estudiosos, que no conocieron el viejo centralismo autoritario que nos aquejó, ni tampoco un mundo sin globalización. Comparto aquí una de las secciones iniciales del texto expuesto, que se dedicó al “sistema-mundo del siglo XXI”.
Partí del hecho de que las nuevas condiciones de la competencia y la convivencia internacionales están sometiendo a los estados nacionales a nuevas tensiones que son producto de los requerimientos de la economía postindustrial, que induce procesos extraterritoriales y flujos que se imponen sobre los esquemas político-normativos tradicionales. Con asombro, los analistas vemos cómo la reconfiguración de los esquemas de integración internacional se basa crecientemente en las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Las famosas NTIC, que no sólo han facilitado la interconexión de personas e instituciones, sino que canalizan los movimientos de un capital cada vez más virtualizado y menos referido a valores objetivos. La actual crisis económica global pone en evidencia los alcances y los límites de este nuevo “Estado” supranacional que se ha ido imponiendo a las naciones periféricas y las hegemónicas.
El Estado capitalista nació en occidente primero como reacción defensiva ante el poderío ejercido por estados orientales sobre las fronteras y el comercio de la vieja Europa. Pero luego los estados nacionales de ese continente iniciaron un proceso de expansión colonialista que pronto se constituyó en la base de la primera manifestación del sistema-mundo: los flujos comerciales, las corrientes migratorias y la imposición de esquemas culturales y de organización política a los territorios dominados se constituyeron en los nexos afianzadores de un mercado global. El Mediterráneo dejó de ser el centro del mundo occidental, y fueron ahora los océanos antes infranqueables los que derribaron las barreras físicas y mentales de la conciencia clásica europea. Es aquí donde conviene incorporar el concepto de “economía-mundo” de Fernand Braudel, del que se desprende el de “sistema-mundo” de su discípulo Immanuel Wallerstein, ambos conocidos teóricos y críticos de la globalización capitalista. Cada “sistema-mundo” es una realidad autocontenida que se desarrolla alrededor de lugares centrales hegemónicos, que eventualmente se expande e impone relaciones subordinadas de intercambio.
Los estados nacionales transatlánticos, como el nacido de la independencia de las colonias de la Nueva Inglaterra, o bien los incipientes estados de la América ibérica, cumplieron un papel diferente al que habían desempeñado los europeos. En este último caso, las estructuras estatales se correspondían más o menos bien con las nacionalidades, definidas éstas en términos culturales e históricos. Los gobiernos centralizados del viejo mundo ejercían el poder social sobre extensiones territoriales que se habían integrado cultural y administrativamente desde tiempos romanos. Existía entonces un basamento identitario que facilitó el trazo de vínculos de solidaridad comunitaria entre conjuntos más o menos homogéneos. No era raro entonces que la “Nación” se correspondiera con el “Estado”. Un proceso contrario observaríamos en tierras americanas, donde los estados “inventaron” a las “naciones”, realidades culturales que sólo existían en el discurso de los primeros nacionalistas e independentistas. El nacionalismo mexicano es entonces un producto posterior al nacimiento del estado nacional en la tercera década del siglo XIX. Ingresamos así por la puerta trasera a la construcción de un sistema-mundo capitalista, y nos mantuvimos en su periferia.