martes, 31 de marzo de 2009

¿Violencia contra valores?

La violencia social desatada en México desde hace tres lustros, y recrudecida luego de la política de “azotar el avispero” que ha implementado el presidente Calderón, ha recibido una enorme cantidad de interpretaciones. Unos dicen que es producto de nuestra vecindad con los Estados Unidos, el país que más demanda y consume sustancias ilícitas, el que más armas exporta, el más violento y el más rico de la tierra. Otros creen que la situación que atravesamos es resultado de una crisis de valores familiares y un estado de anomia social creciente, donde los individuos se ven regidos por el egoísmo y el desprecio al bien común. Podríamos enlistar muchas explicaciones más, algunas realistas y otras disparatadas. Una de estas últimas fue aventurada por el secretario de seguridad pública estatal, quien nos anuncia que deberemos esperar 30 años, una generación completa, para ver restituidos los valores familiares, el respeto hacia los demás, el apego a la legalidad y demás condiciones para la civilidad. Creo que es un absurdo pretender tal cosa, ya que en el plazo planteado mil cosas pueden alterar el rumbo de los sucesos que rodean a la violencia y la criminalidad.
Como estudioso social estoy convencido de que la violencia que vivimos no es producto mecánico de un decaimiento de nuestros valores sociales. La cultura que nos permite vivir en sociedad no se comporta de manera caprichosa: responde a las alteraciones del entorno social, económico y político. Recordemos que cuando vivimos en el llamado “desarrollo estabilizador”, entre 1946 y 1976, el progreso material y la estabilidad de la economía nacional favorecieron el ascenso de cientos de miles de familias a estados de bienestar que ayudaron a sustentar la percepción generalizada de que de generación en generación se escalaba en el progreso familiar. Por supuesto que existía la criminalidad, azuzada por los acelerados cambios sociales, pocas veces previstos y atendidos; pero se trataba de otro tipo de violencia, más vinculado a situaciones de contraste e injusticia entre las clases sociales. ¿Recuerdan “Los Olvidados” de Luis Buñuel? Pero hoy día vivimos circunstancias sumamente distintas: el país no ha sido capaz de revertir el profundo rezago social en el que cayó a partir de las crisis recurrentes de fines de los años setenta, ochenta y noventa. Los salarios reales no han recuperado los niveles que tuvieron en 1976, y dos generaciones (la mía y la de mis hijos) no han confirmado el progreso que testimoniaron nuestros padres y abuelos.
Para colmo, la globalización ha impulsado nuevos esquemas de intercambio y ha impuesto nuevos hábitos de consumo. El tráfico masivo de drogas duras es un ejemplo claro. Y la vía elegida por los gobiernos para combatirlo han sido la peor posible: violencia contra violencia. Se han negado a reconocer que los flujos económicos no pueden ser detenidos así, sino con el rompimiento de la cadena que les permite florecer: la prohibición y el mercado negro. De otra forma se mantendrán las condiciones para la eternización de la violencia social.

viernes, 27 de marzo de 2009

Historia política y política de la historia


Una de las materias que imparto en la Universidad de Guanajuato se denomina “Historia Política Regional”. La ofrecí por primera vez hace nueve años, y ahora la he propuesto como seminario semestral dentro de la Maestría en Historia del Departamento homónimo de la UG, Campus Guanajuato. Trabajo muy a gusto con dos espléndidos estudiantes fuereños: Victoria Moreno, de Chicago, y Oscar A. Reyes, periodista de Querétaro. Tenemos el objetivo de comprender a la historia política como la aproximación al pasado desde el punto de vista de la construcción y los usos del poder social, más que como la narrativa de de hechos protagonizados por los poderosos. Para ello aprovechamos herramientas analíticas y empíricas provenientes no sólo del campo de la historiografía, sino también de la sociología y la antropología políticas.
Esta semana suspendimos nuestras sesiones para poder acudir a un curso intensivo que nos está brindando el profesor Jordi Canal, un especialista de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS) de París, de gran reconocimiento internacional por sus estudios en historia política europea. Quien haga una búsqueda en internet se encontrará abundantes materiales y referencias a este notable historiador. El periódico El País reporta que sus últimos libros son «Los éxodos políticos en España, siglos XV-XX» (2007), «Una historia política del carlismo, 1876-1939» (2006), y con Gilles Pécout y Maurizio Ridolfi, «Sociétés rurales du XXe siècle» (2004).
El cuerpo profesoral y los estudiantes de la maestría acompañamos las sesiones del estudioso, pero estuvieron abiertas al público en general, que en efecto acudió. El doctor Jordi expuso con notable sencillez las nuevas aproximaciones teóricas y metodológicas de la historia política, esa disciplina que se ha alejado tanto de sus viejas raíces grandilocuentes y panegiristas de los poderosos -la “historia de bronce” de la que hablaba don Luis González y González-, como también de las innovaciones introducidas en los cuarenta y cincuenta por la escuela francesa de los Anales -Marc Bloch, Lucien Fevre- y sus enfoques sociales, primero de corte materialista y luego concentrado en las ideas. La historia política actual se hace nuevas preguntas acerca de los actores de la acción política, tanto los comunitarios -movimientos sociales- como individuales –el liderazgo-. De esta manera se ejercen acercamientos a fenómenos como el nacionalismo, las tiranías, las democracias, las conflagraciones -guerras civiles, rebeliones o revoluciones-, buscando la comprensión cualitativa, interpretativa, de los resortes causales de sus comportamientos incidentales o estructurales. Es una historiografía que hace uso intenso de la hermenéutica y el análisis de discurso. Al menos así lo entendí de parte del expositor. Y creo que no es una búsqueda errada o inútil, ya que la historia como objeto no existe; lo que sí tiene existencia objetiva es el recuerdo, las interpretaciones, las percepciones y los registros. Y éstos, aunque con base material, “padecen” el mismo problema de las remembranzas: son también interpretaciones, glosas o registros de visiones interesadas. La historia política, al tratar con una de las expresiones más representativas de nuestra humanidad: la política como arte y ciencia de la convivencia sin violencia, debe lidiar con las polarizaciones y la competencia entre adversarios.
La historiografía ha experimentado y padecido en carne propia los usos y abusos del poder social. Sin embargo, la revolución científica en este campo del conocimiento ha permitido sustraerle de su nicho parcializado original, y le ha colocado en una situación de mayor distancia e independencia respecto a los sujetos estudiados. La objetividad, el rigor, el método y la teoría contemporáneos permiten configurar una nueva escuela historiográfica que abandone los intereses inmediatistas o partidarios, en favor de los objetivos de largo plazo en la construcción del conocimiento histórico. El poder social como objeto de estudio, y los movimientos populares, conjuntos sociales y elites dirigentes como sujetos de la investigación, todos ellos inmersos en un entramado significativo de lazos de solidaridad –sociabilidad los llama Jordi Canal- o relaciones de competencia, son ahora los destinatarios privilegiados de la atención del estudioso, que renuncia así a la tradición romántica de las historias ególatras del pasado. Por cierto hay una tarea pendiente: construir la historia política de la historiografía, donde hay mucho qué decir.

viernes, 20 de marzo de 2009

La ANECPAP ataca de nuevo


Del jueves 5 al sábado 7 pasados, la Asociación Nacional de Estudiantes de Ciencia Política y Administración Pública (ANECPAP) realizó su primer encuentro regional en la Universidad de Guanajuato, con el apoyo de la nueva División de Derecho, Política y Gobierno. La organización estuvo a cargo del comité local “Euquerio Guerrero”, en particular Juan Pablo Arce, Juan Pablo Quiroz y Luz María Chimal. En el edificio central se concentraron entre 300 y 400 chicos que provenían de buena parte del país –por eso no entendí lo de “regional”-. Se reúnen de vez en vez para debatir los temas políticos y sociales del momento, y en esta ocasión dedicaron el encuentro a la cuestión de “El municipio, célula política y administrativa de nuestra federación”.

Los chavos me invitaron a participar con una conferencia, misma que no puede concentrar en el tema señalado por no ser mi especialidad. Lo bueno es que sobre la materia los chavos ya habían escuchado disertaciones excelentes como la de Enrique Cabrero y Carlos Moreno Jaimes. Como me tocó ser el conferencista de salida, el sábado y después del medio día, buena parte de los pibes se había acomodado en las cómodas butacas a reposar la desvelada de la juerga nocturna anterior. Quise hablarles sobre la perspectiva electoral de este año desde el ámbito local. Un tema soporífero que sin duda ayudó a muchos a reposar la pupila.
Pero comencé platicándoles mis experiencias personales con la ANECPAP. Recordé que en 1996 tuve mi primer contacto con la asociación en un congreso en Toluca. Ahí coincidimos con el doctor Pedro Ferraz de Abreu, profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts, fundador y presidente del Centro de Investigación en Tecnología de la Información para la Democracia Participativa (CITIDEP), organismo con sedes en Lisboa y Boston que congrega a cerca de un centenar de investigadores de siete u ocho países. Desde entonces me uní al CITIDEP, y también lo hicieron algunos de los entonces líderes de la ANECPAP, como Alejandra Sota Mirafuentes, hoy Coordinadora de Estrategia y Mensaje Gubernamental de la Presidencia de la República. La ANECPAP y el CITIDEP mantuvieron comunicación un tiempo, pero el problema de una asociación estudiantil es que está formada por estudiantes, y esta condición es por definición efímera –bueno exceptuando a los “fósiles”-. Ha sido difícil mantener la colaboración, pero en marzo de 2001 logramos realizar una mesa de trabajo en el VI Encuentro de la ANECPAP, en Guanajuato, que fue coordinado por Iovana Rocha. Nos trajimos a Pedro Ferraz desde Lisboa y armamos una mesa con otros investigadores del CITIDEP capítulo México. Las intervenciones todavía pueden encontrarse en la página electrónica del CITIDEP.
Luego participé en otro encuentro de la ANECPAP en Aguascalientes, y todavía conservo la amistad de los entonces estudiantes, hoy colegas, como el doctor Jesús Aguilar López profesor de la UAA. En fin, que ha sido muy placentero mantenerse cerca de este tipo de encuentros juveniles, tan necesarios y tan entretenidos.
Aunque lo intenté, no limité mi participación a las anécdotas. Debí socializar mis inquietudes sobre las nuevas circunstancias de la reforma electoral federal y local. También insistí sobre los pendientes que aún se presentan para lograr avances e el ámbito de la confiabilidad de los árbitros electorales, en particular los actuales métodos de selección de consejeros electorales, las enormes carencias en cuanto a material humano con que se enfrenta el proceso de reclutamiento y capacitación de funcionarios de casilla, el enorme gasto que representa mantener a 33 burocracias electorales en el país, los abusos de los partidos cuando se trata de beneficiar a sus arcas y a sus líderes, la inconsistencia de haber concentrado tanto esfuerzo del IFE en el monitoreo de los medios electrónicos mientras que su consejo general dictamina sobreseimientos increíbles, etcétera. Sin duda, el sistema electoral mexicano no pasa por sus mejores tiempos.
Los chavos de la ANECPAP son inquietos, inquisitivos y discutidores. Muchos son muy estudiosos y de seguro formarán parte de la generación de líderes del porvenir inmediato. Los saludo dondequiera que ahora estén y les deseo que se formen con solvencia para que rescaten al país del agujero en el que lo hemos metido.

viernes, 6 de marzo de 2009

Sindicalismo redivivo


La renovada dirigencia de la Asociación Sindical de Personal Académico y Administrativo de la Universidad de Guanajuato (ASPAAUG) ha podido superar con éxito su primera prueba de fuego. Como sindicalizado, vi con agrado y optimismo la nueva actitud de nuestro liderazgo, ahora a cargo de una académica de fuste, como lo es mi amiga y colega Carmen Cano Canchola. Quiero pensar que al fin quedaron atrás los años aciagos de sub-representación de nuestros intereses como trabajadores y académicos, ante una patronal acostumbrada a negociar con los dirigentes desde un plano de superioridad e imposición. Tristes recuerdos aquellos de cuando las reformas a los estatutos del sindicato se diseñaban desde la dirección de recursos humanos, como lo evidenció el periódico Correo en 2005. O cuando una secretaria general interina se eternizaba en el cargo, sustentándose en litigios interminables. O cuando los líderes legítimamente electos se aferraban al cargo por doce o más años. Hablo pues del charrismo, en sus expresiones clásicas de subordinación hacia la patronal y el clientelismo hacia sus bases.
Carmen Cano entró a la “planilla púrpura” que ganó las elecciones sindicales de junio pasado como bateadora emergente, luego de que Ezequiel Hernández, el pertinaz opositor de los dirigentes previos, se encontró inelegible al haber sido sometido a sanción sindical –que a mí me pareció arbitraria y abusiva . Carmen llegó con la natural frescura de quien no se ha visto envuelta en los oscuros recovecos de la política sindical y universitaria. Desde su laboratorio del Instituto de Biología Experimental, esta bioquímica y genetista sólo había levantado su voz para defender las causas medioambientalistas en este entorno tan degradado como es Guanajuato. Al ganar las votaciones con el 34% del total, en una reñida contienda, Carmen se proyectó hacia otros espacios de batalla, mucho menos acogedores que los del ambientalismo. Se trata ahora de defender los derechos legales de los trabajadores en contra de las naturales fuerzas de alienación productivista, de las que no puede ser ajena ni siquiera una institución tan generosa como la universidad pública.
Cuando en 1976 se organizó la primera unión de trabajadores universitarios, mediante el extinto SITUG (Sindicato Independiente de Trabajadores de la UG), con líderes como el filósofo Edmundo Jacobo –hoy flamante secretario ejecutivo del IFE , la universidad se mantenía como una más de las instancias de gobierno. El estatus y los derechos de profesores y personal de apoyo no eran mejores ni diferentes a los de cualquier burócrata. Después de la huelga de junio de 1977, la institución cambió radicalmente. Se hizo evidente que había necesidad de mejorar las condiciones de los trabajadores de la educación si se quería mantener la calidad en el servicio. Las asociaciones sindicales nacieron bajo la sombra de la protección oficial, pero ganaron legitimidad gracias a los beneficios gremiales que se fueron acumulando. Hubo un periodo en el que las condiciones laborales en la UG eran superiores a los de la administración estatal. Pero eso ha venido cambiando fuertemente en los últimos diez años, y hoy se evidencia un rezago importante en los niveles bajos y medios del tabulador universitario, comparado con los del Gobierno del Estado. Si no me cree usted, eche un ojo a las tablas correspondientes en las páginas de trasparencia de las dos instituciones. Un profesor con doctorado, recién contratado, sólo puede aspirar a ganar poco más de 7 mil pesos netos mensuales de inicio. Sólo después de acumular alguna antigüedad y méritos para obtener estímulos puede ver incrementada la cifra a 15 ó 18 mil pesos. En el gobierno, un jefe de escolta gana 30 mil pesos netos, y un comandante 19 mil, y sólo se les pide educación preparatoria.
El pequeño aumento que consiguió la asociación sindical, más los estímulos económicos y recursos adicionales para las prestaciones, no ayudan a corregir el rezago. Pero me parece un gran avance el que las negociaciones se hayan dado en términos de igualdad, no de subordinación. El avance se dio en la organización y la conciencia gremial, que permitirá definir en el futuro una relación más constructiva con la institución, que ayude a reconocer que si nuestra universidad desea mantenerse en el camino de la calidad, ésta va de la mano con el bienestar de la base trabajadora.